Gallo

 

Un juez en Rochefort, Francia, desechó la demanda que una pareja presentó en contra de Maurice por ruidoso. Maurice es un gallo propiedad de Corinne Fesseau, vecina de los quejosos, en una villa en la Isla de Olerón (Île d'Oléron), en la costa Atlántica de Francia, una zona semi rural.

La controversia inició en 2017 cuando la pareja, que tiene una casa de campo en la zona, empezó a quejarse por el ruido de Maurice. Pese a que el ruido de las aves de corral es corriente en la zona, Corinne trató de poner una solución tapizando el gallinero con cartones de huevo, “como un estudio de grabación”. Aunque el sonido quedó atenuado, la pareja continúo quejándose.

El pleito entre los vecinos se hizo de conocimiento público porque ellos amenazaron con demandar y Corinne empezó una petición para ayudar el caso de Maurice que alcanzó las 140,000 firmas y con ello la venta de mercancía en apoyo del gallo y su dueña, como playeras con la leyenda impresa “déjame cantar”. Además, el asunto se hizo de conocimiento de las autoridades y el alcalde local, Christophe Sueur, pidió incluso a los críticos del gallo que fueran más tolerantes.

Como parte de la defensa, Corinne explicó: “Muchas personas van de vacaciones y se quejan del ruido de las vacas, perros, ranas, campanas de iglesia… No es normal. Estos sonidos estaban ahí antes que ellos, ellos deberían aceptarlos”.

“¿Qué prohibimos después? ¿El murmullo de las palomas, el llanto de las gaviotas, el gorjeo de los pájaros cada mañana?”, una pregunta que terminó por convertir este asunto en una confrontación entre la ciudad y el campo, con críticos señalando que la demanda es una muestra de la amenaza a la vida en el campo que presentan los citadinos que no quieren adaptarse a la vida rural cuando van de paseo o mudan su residencia al campo por retiro.

El abogado de la pareja, Vincent Huberdeau, sin embargo, negó esta última afirmación: “No es el campo”, afirmó, señalando que la villa de Saint-Pierre-d'Oleron, donde sucedieron los hechos, tiene 7,000 habitantes.

Las audiencias del caso fueron el pasado mes de julio y esta semana el juez resolvió desechando la demanda lo que significa que Corinne no tendrá que moverse de casa ni “silenciar” a Maurice quien ya es libre de cantar todo lo que su instinto le indique.

Se trata de una victoria judicial no sólo para Maurice y Corinne, sino para los que defienden la vida en el campo porque las quejas e incluso demandas por los sonidos son cada vez más frecuentes, como la que enfrentó una pareja en Grignols en la comuna de Dordogne, por el ruido de las ranas en un estanque, y que los puso en una compleja situación.

Por esta razón, el pasado mes de mayo Bruno Dionis, alcalde de Gajac, una villa al sur de Francia, escribió una carta al gobierno central solicitando que inscriban los sonidos del campo, como el mugido de las vacas, el cencerro de los becerros, las campanas de las iglesias, el canto de los gallos, el croar de las ranas… como parte de la herencia cultural de Francia. Una petición no tan absurda frente a la creciente intolerancia de quienes en las ciudades soportan el ruido de cláxones, de motores de automóviles, de bocinas ruidosas expeliendo sonidos disonantes, pero no el de las cigarras o los pájaros reunidos en un gran árbol a las seis de la tarde.

Más información thelocal.fr

miabogadoenlinea.net

Se permite la reproducción parcial o total concediendo crédito a miabogadoenlinea.net