Cuando leí esta nota me quedé profundamente impactada, no solo desde el punto de vista profesional, sino, sobretodo, como madre.

 

Resulta que en Inglaterra Sophie Waller, una niña de ocho años decidió que ya no abriría la boca y se murió de hambre. Trágico como se escucha y los hechos mismos, aunque pueden esclarecer un poco las cosas, no contribuyen en nada a hacer las cosas más claras para nadie. Menos para los padres de la niña.

 

Sophie tenía miedo a los dentistas. Pánico describiría mejor la situación, aunque ya no sé si era miedo, pánico o capricho. El caso es que debido a esta aversión a los dentistas, tuvo que ser hospitalizada para aplicarle anestesia general y así poder quitarle los dientes de leche que le quedaban. No se trataba tampoco de una operación mayor como la que sufrió un niño que conocí a quien le tuvieron que quitar tejido de las encías porque le seguían creciendo. Realmente se trataba de un procedimiento que se podía hacer en el consultorio en sucesivas citas. Pero como ahora insistimos en obviar el dolor por pequeño o cotidiano que sea, los padres y el dentista de la niña decidieron por la opción del hospital.

 

Cuando Sophie salió de la anestesia, no volvió a abrir la boca ni para hablar, me imagino que como una reacción de protesta por haberle sacado los dientes. Y entonces tuvieron que empezar a alimentarla por medio de una sonda naso-gástrica. Pero ni la incomodidad que eso supone, lograron que Sophie, repito, de 8 años, abriera la boca para pasar un bocado o un trago de agua.

 

 

Pasados unos días, la dieron de alta en el hospital, y mencionaron a los padres que estarían listos para recibirla si su salud se deterioraba. Pero ni en su casa la pequeña volvió a abrir la boca por lo que siguió alimentada por medio de la sonda.

 

Hasta que tres semanas después Sophie falleció por una falla renal aguda ocasionada por la deshidratación e inanición.

 

¿Quién es responsable de esta muerte? Los padres le proveyeron atención médica y psicológica, pero no lograron nada. Ello dicen que en el hospital no la quisieron volver a recibir cuando el estado físico de Sophie empeoró, pero el hospital se defiende diciendo que no había otra cosa que hacer más que la sonda por la que la alimentaban.

 

¿Sophie se suicidó? ¿Un niño de ocho años tiene la conciencia y la voluntad para atentar contra su vida deliberadamente? Los psicólogos nos podrán responder a ello fundamentadamente, pero hasta donde tengo conocimiento a esa edad siguen desarrollando sus capacidades cognoscitivas y sensitivas. De ahí que en casi todos los sistemas legales a esas edades no sean imputables porque se considera que no son capaces de diferenciar plenamente el bien del mal.

 

¿Se trató más bien de un berrinche que se salió de control? No lo puedo aseverar, pero me parece muy probable, sobretodo en esta época en donde como padres estamos muy preocupados por no violentar demasiado el libre albedrío de los hijos por temor de ocasionarles un daño psicológico y que en el futuro seamos los culpables de todo lo malo que les suceda en la vida. En otras palabras, tendemos a malcriar y a ser consecuentes con los niños, sin ejercer nuestra autoridad.

 

Pero resulta que la patria potestad es no solo el derecho de los padres, sino también la obligación de educar a nuestros hijos, por lo que cuando no ejercemos nuestra autoridad de padres, estamos incumpliendo con la obligación, moral y legal, no solo de educar, sino de cuidar y proteger.

 

El estado es muy cuidadoso en esta época de proteger a los niños contra el maltrato y el abuso y en ese sentido se han expedido numerosas leyes y se han creado organismos específicos para vigilar el cumplimiento de esas disposiciones. Es más, en la ONU hay un documento para que se acabe con el castigo físico contra los niños. Pero si se castiga el abandono y maltrato a los niños, ¿no se debería castigar también la sobreprotección y la incapacidad de ejercer la autoridad de padres?

 

La anterior se trata de una idea excesiva quizá y siempre he sido de las primeras en considerar que el Estado no debe entrometerse en asuntos de la vida privada de las personas y las familias. Pero lamentablemente dada la incapacidad de cuidar a nuestros hijos el Estado ha tenido que empezar a hacerlo y de ahí que se hagan operativos en antros y discotecas para evitar que los menores se droguen y consuman alcohol (y ahí el lamentable caso del News Divine), cuando los padres mismos damos los permisos para ir al antro o les regalamos un coche a los 15 años para que después de la fiesta se regresen a la casa y no den lata.

 

El caso de Sophie Waller se sigue investigando por las autoridades y quizá no se finquen responsabilidades legales a nadie, pero si de algo debe servir es para llevarnos a una profunda reflexión sobre cómo estamos educando los padres y el impacto que ello tiene en la sociedad presente y en futuras generaciones.

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