Apenas en diciembre pasado, por iniciativa de Francia, 66 países solicitaron en la ONU la despenalización de la homosexualidad.

 

Parecería mentira que en esta época en que el mundo está a un segundo de distancia gracias a las tecnologías de la información, todavía existan países en donde ser homosexual sea un delito. Pero los hay.

 

Por ejemplo, el 8 de enero fueron condenados en Senegal, África, nueve hombres homosexuales por “actos indecentes y contra la naturaleza”, a cinco años de prisión, y además se les acusó de pertenecer a un grupo subversivo, es decir, una asociación con la misión de luchar contra el VIH y el SIDA. Esto en un continente donde los índices de SIDA son alarmantes.

 

En Senegal los homosexuales viven marginados de la sociedad y en fechas recientes han recrudecido su persecución. ¿La razón? Se trata de un país mayoritariamente musulmán que no acepta la homosexualidad, de ahí que se considere un delito.

Sin embargo, en los países donde la homosexualidad es penalizada se violan numerosos derechos humanos empezando por la dignidad humana y el derecho a la no discriminación, pero que se extienden hasta el homicidio, la tortura y hasta la violación del sistema judicial con arrestos arbitrarios y negación de derechos procesales. Y este es el argumento principal de los países firmantes de la declaración ante la ONU para promover que los países miembros despenalicen la homosexualidad.

Sin embargo se trata de una declaración que encuentra fuerte oposición entre los países árabes y el Vaticano por cuestiones religiosas.

 

Cabe señalar sin embargo, que el Vaticano no apoyó la propuesta no porque considere que el ser homosexual es un delito, sino porque argumentan que la redacción del documento es muy amplia y que da pie al matrimonio entre homosexuales, el cual es rechazado por la Iglesia. (La postura católica es que la homosexualidad no es un pecado, pero sí cometer actos homosexuales).

 

En el libro de Eva Luna de Isabel Allende, el personaje homosexual, cuyo nombre no recuerdo, narra vividamente el infierno que le era estar atrapado en un cuerpo de hombre cuando todo en él gritaba que era una mujer.

 

Y se puede o no comprender el sentimiento, eso queda a criterio de cada uno, pero lo que no se debe es discriminar a los que sienten inclinaciones diferentes porque ahí empezamos a violentar los derechos humanos, no nada más de un sector, sino de todos. Si empezamos por no respetar la igualdad de las personas discriminando a unos cuantos, al rato esa discriminación se vuelve en contra de nosotros mismos en otros aspectos. Y empezamos a discriminar no nada más por orientación sexual, sino también por clase social, por religión, por color de piel, por color de partido y lo único que se logra es una mayor división de la sociedad que da cabida a la indiferencia, al maltrato, al abuso, a la tortura y al crimen.

 

Personalmente no creo que ni el estado ni la iglesia tengan el derecho de restringir a los homosexuales, metiéndolos en una pequeña caja de limitaciones que no les permite ser plenos y que solo consiguen hacer de ellos personas profundamente infelices.

 

¿O alguien tiene el derecho de negar a otro su felicidad?