En Bielorrusia, el pasado 17 de febrero un tribunal encontró culpable de participar en un desorden masivo a un líder opositor al gobierno, Vasil Parfenkov, quien fue condenado a cuatro años de prisión, así como al pago de una multa de casi $5,000 dólares por haber dañado puertas y ventanas de un edificio de gobierno.

 

Vasil Parfenkov participó en las manifestaciones que expresaban descontento por el resultado de las elecciones presidenciales del pasado 17 de diciembre y de acuerdo con la Alta Comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Navi Pillay, fue detenido junto a otras 30 o 40 personas, muchas de las cuales permanecen en el centro especial de detenciones de la KGB de Bielorrusia.

 

Bielorrusia nació como nación independiente en 1991 cuando dejó de formar parte de la antigua Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. De acuerdo con la Constitución redactada ese año, se constituía como una república presidencial gobernada por el presidente, que debía durar en el cargo cinco años, y por la Asamblea Nacional, órgano bicameral.

 

En 1994 llegó al poder el actual presidente, Aleksandr Lukashenko, quien gracias al resultado de un referéndum celebrado en 1995 obtuvo poder para disolver el parlamento y en 1996, mediante otro referéndum, para que se redactara una nueva constitución que otorga mayores poderes al presidente.

 

Lukashenko, como lo reconoce, gobierna el país con mano dura, por lo que su régimen ha sido descrito por algunos países de Europa como autoritario y dictatorial.

 

La condena a Parfenkov ha sido denunciada tanto por la ONU como por la Unión Europea y se ha hecho un llamado a las autoridades bielorrusas para que se lleve a cabo un proceso legal justo e imparcial, público y abierto a Perfenkov, no motivado por razones políticas, y en donde se respeten sus derechos humanos y procesales.

 

Particularmente la funcionaria de la ONU, Navi Pillay expresó su preocupación porque se está juzgando a los opositores por ejercer su derecho a la libertad de asamblea y de libre expresión.

 

El presidente Lukashenko declaró el sábado pasado que no le importan las críticas de Occidente. “Son gente malvada y deshonesta”, agregó y señaló que la molestia deviene del hecho de que Europa financió a un candidato opositor que no obtuvo un resultado favorable.

 

Quizá sea momento de que Aleksandr Lukashenko, así como otros gobernantes autoritarios, miren como en el mundo árabe empiezan a darse importantes cambios que han derrocado dictaduras.

 

Más información ONU

 

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