Manos tras las rejas

 

Un tribunal en Múnich, Alemania, sentenció a prisión a un hombre de 30 años que se hizo pasar por médico e hizo que mujeres y niñas se dieran descargas eléctricas que pusieron en riesgo sus vidas.

Es difícil de creer lo que este hombre, un ingeniero de sistemas, logró que se hicieran mujeres y niñas, particularmente porque no las trató en persona, sino que utilizó la red y programas como Skype para lastimarlas utilizándolas a ellas mismas para logralo.

Así, diciendo que era médico y que estaba haciendo un estudio sobre el dolor, las convencía para que adquirieran o incluso fabricaran dispositivos que les dieran descargas eléctricas. Muchas veces las jóvenes eran auxiliadas por terceras personas, a veces sus mismos padres, y algunas llegaron a estar amarradas para evitar que se movieran.

En algunos casos llegó a pagar a sus víctimas entre 200 y hasta 3,000 euros por participar en el supuesto estudio.

El hombre, que ha sido identificado como David G., obtenía placer sexual al ver a las mujeres en situaciones de mucho dolor según fue expuesto por la fiscalía, la que pedía una sentencia de 14 años de prisión.

La defensa, por su parte, argumentó que David G., padece Síndrome de Asperger y que no debería ser puesto en prisión, sino recibir una sentencia suspendida de dos años o menos por el delito de haberse hecho pasar por un médico y haber provocado de forma negligente lesiones físicas, negando las imputaciones por tentativas de homicidio.

El sujeto, sin embargo, fue encontrado culpable de 13 de los 88 cargos de tentativas de homicidio de sus víctimas. Así, al dictar sentencia, el juez que presidió el tribunal, Thomas Bott, dijo que encontró particularmente inquietante que este hombre instruyera a las mujeres y niñas a colocar objetos metálicos cerca de sus sienes, "lo que significa que el cerebro humano fue sometido a una corriente eléctrica".

Finalmente el tribunal decidió imponerle una sentencia de 11 años de prisión la que será cumplida en una institución psiquiátrica.

Se trata de una sentencia que no es definitiva y que aún puede ser apelada.

Un caso espeluznante que raya en lo absurdo y que muestra hasta donde podemos llegar creyendo en personas que ni siquiera conocemos personalmente.

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