Con su demanda, la británica Debbie Purdy atrajo atención al tema de la eutanasia en aquel país, así como sobre la existencia de Dignitas, la clínica suiza en suicidio asistido a enfermos terminales.
Y quizá por ello es que hoy a poco más de un mes de la muerte en dicha clínica de Daniel James, un jugador de rugby de 23 años que en marzo pasado a raíz de una lesión en el entrenamiento quedó paralizado del pecho hacia abajo, las autoridades están investigando el grado de participación de dos personas, un hombre y una mujer, presumiblemente sus padres, en dicha muerte.
Porque según el dicho de sus padres y amigos, Daniel ya no quería vivir una vida de “segunda categoría”, como la califica su padre, por lo que decidió con plena conciencia poner fin a su vida en Suiza, país donde el suicidio asistido o eutanasia está permitido.
Por su parte, se acaba de sancionar en California, Estados Unidos, la Ley de los Derechos de los Pacientes Terminales para Conocer las Opciones de Terminación de Vida.
Esta ley es la primera en su tipo en la Unión Americana y si bien no legaliza de ninguna manera la eutanasia, otorga el derecho al paciente de que el médico le informe de las posibilidades que existen para terminar sus vidas, ya sea al cuidado de hospicios o con cuidados paliativos y otorga el derecho de que el paciente se niegue a recibir tratamiento o extensión artificial de vida o incluso que termine con estos tratamientos anticipadamente, y hasta negarse a ser alimentados e hidratados.
La ley se refiere exclusivamente a pacientes terminales, no a pacientes de la tercera edad con enfermedades crónicas, a quienes los médicos no están obligados de informar estas posibilidades.
Faculta a su vez a que el paciente elija de entre esas opciones cómo terminar su vida y al médico tratante a retirarse del caso si considera que esa decisión es contraria a sus creencias personales.
Fuente Timesonline y The New York Times

