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Categoría: Sergio Fonseca
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En los siguientes párrafos voy a ser políticamente incorrecto. En los cines se está exhibiendo la película La Dictadura Perfecta en la que se establece la hipótesis de que los medios de comunicación, especialmente la televisión, son la dictadura perfecta del siglo XXI, que manipula la información y a la sociedad según sus intereses.

Si bien coincido en parte con esta hipótesis, la verdad es que no sólo los medios de comunicación manipulan según sus intereses, todos lo hacen o todos lo hacemos.

Según la Real Academia Española, manipular es “intervenir con medios hábiles y, a veces, arteros, en la política, en el mercado, en la información, etc., con distorsión de la verdad o la justicia, y al servicio de intereses particulares”

Un gran manipulador fue Paul Joseph Goebbels, ministro de propaganda de la Alemania nacionalsocialista. A Goebbels se le atribuye mucho de propaganda moderna y algunos resumen su doctrina como el proceso de repetir las mentiras tantas veces como sea necesario hasta que se conviertan en verdades.

Entre los principios de Goebbels se encuentra el “Principio de simplificación y del enemigo único. Adoptar una única idea, un único símbolo. Individualizar al adversario en un único enemigo”, o común agregaríamos.

También se incluye el “Principio de orquestación. La propaganda debe limitarse a un número pequeño de ideas y repetirlas incansablemente, presentarlas una y otra vez desde diferentes perspectivas, pero siempre convergiendo sobre el mismo concepto. Sin fisuras ni dudas”.

Aunque no soy un experto, me parece que la película La Dictadura Perfecta reproduce estos principios. Repite una narrativa en la que se crea un enemigo común: los medios que impusieron a un presidente y nos distraen de la realidad en complicidad con los funcionarios públicos.  Nos muestra la manipulación manipulando.

Algo parecido sucede con Ayotzinapa. Podemos encontrar la aplicación del principio de simplificación y del enemigo único. En el caso de Ayotzinapa se asumió una única idea, un único símbolo: estudiantes, adecuado a la crisis en el IPN, a la conmemoración del movimiento del 68 y la represión gubernamental, aprovechando la memoria histórica de nuestro país respecto a los movimientos estudiantiles.

El enemigo único lo encontramos en las frases “Crimen de Estado” o  “Fue el Estado”. Esta sentencia empieza a aparecer a partir del 5 de octubre, cuando una organización guerrillera hizo público un comunicado en el que llamó a la desaparición de los 43 normalistas un “crimen de estado”. Esta frase fue retomada por periodistas, comentaristas y políticos, repitiéndose miles de veces hasta que se convirtió en verdad.

Y todo esto unificó a muchos intereses diversos e incluso contradictorios en una misma causa, que al manifestarse lo hacen con distintos matices.

En Ayotzinapa se repiten incansablemente pequeñas ideas que son repetidas incansablemente, convergiendo en el mismo objetivo “Ayotzinapa somos todos”, Ayotzinapa vive”, “Nos faltan 43”, “Vivos se los llevaron, vivos los queremos”, lo que puede considerarse un reflejo del principio de orquestación de Goebbels.

Desgraciadamente el país está lleno de terribles tragedias como la de Ayotzinapa. En el 2011 en Allende, Coahuila,  desaparecieron casi 300 personas y se derrumbaron más de 70 inmuebles en una venganza del crimen organizado. La información se puede consultar en los siguientes:

http://internacional.elpais.com/internacional/2014/07/05/actualidad/1404594964_269006.html

http://rubenluengas.com/allende-coahuila-la-masacre-silenciada/#.VF6WdGf4qSo

Pero ¿cuál es la diferencia?: la cobertura y el manejo de información de estos casos, y siendo políticamente incorrecto agregaría otro ingrediente: el manejo de principios de propaganda para manipular a la sociedad.

Esa es la diferencia entre Allende y Ayotzinapa. Entre Ayotzinala y muchos otros casos. Pero es una terrible diferencia porque sin propaganda Allende, Coahuila, pasó desapercibido, no hubo marchas, plantones, protestas, bloqueos, pintas o veladas por las víctimas de Allende, ni los estudiantes de Ayotzinapa o de otras universidades, sindicatos o agrupaciones sociales levantaron su voz por las víctimas de esa masacre, nadie lo llamó un crimen de estado. A nadie le importó.

Es bueno y aplaudible que el caso de Ayotzinapa haya llevado a la sociedad a exigir una vez más una mayor seguridad, un combate real  y efectivo a la corrupción, la complicidad, la criminalidad y la impunidad.

Pero una manifestación del crimen y la impunidad también son la quema de camiones repartidores, vehículos públicos y particulares; el robo de autobuses; la destrucción de inmuebles públicos; el bloqueo de calles, carreteras, autopistas o casetas de peaje; la destrucción de monumentos históricos; daños; robo; extorsión; lesiones; homicidio; etc. ¿Las personas que se manifiestan también apoyan esos actos? No podemos exigir castigo a los criminales convirtiéndonos en lo que combatimos.

El enemigo es la delincuencia que ha crecido con el respaldo intencional u obligado de funcionarios públicos, con el apoyo de políticos, pero también con la complicidad de la sociedad, y es lo que debemos combatir.

Por eso no debemos tolerar ni admitir que aquellos que han visto afectados sus intereses, que no han podido alcanzar el poder a través del voto ciudadano o que pretenden hacerlo a través de las armas, aprovechen esta coyuntura y exploten nuestro descontento para manipularnos y alcanzar sus fines políticos.

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