Dentro de seis meses, dos semanas y dos días volveremos a tener elecciones federales en nuestro País.

 

Vamos a eligir a los titulares de los miembros de dos Poderes de la Unión. Decidimos quién será el titular del Poder Ejecutivo Nacional y los 500 diputados federales y 128 senadores que conforman el Poder Legislativo. Aunque en realidad sólo elegimos directamente con nuestro voto a 300 diputados y 64 senadores, por que el resto son asignados a los partidos según el número de votos que hayan obtenido, son los llamados representantes plurinominales.

 

Esas elecciones, como todas, tienen un fundamento legal: los artículos 39, 40 y 41 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos. Éstas disposiciones establecen a grandes rasgos que “es voluntad del pueblo mexicano” constituirse en una República representativa, democrática, federal. Que la soberanía nacional reside esencial y originariamente en el pueblo y que esa soberanía el pueblo la ejerce por medio de los Poderes de la Unión y los Poderes Estatales.

 

En estos artículos la acepción de “pueblo” no es la que suelen utilizar algunos políticos para sembrar el encono y la división entre los mexicanos, sino la acuñada por Juan Jacobo Rousseau, en “El contrato social” y que influenció al constitucionalismo mexicano. En este sentido “Pueblo” es cada uno de nosotros, mexicanos, que participa de la "autoridad soberana”.

 

El Contrato Social, dice Rousseau, produce un cuerpo moral y colectivo, y esa persona pública formada por la unión de todos toma el nombre de república o de cuerpo político, que es llamado por sus miembros Estado. Los asociados, “toman colectivamente el nombre de pueblo, y se llaman en particular ciudadanos, en cuanto son participantes de la autoridad soberana, y súbditos, en cuanto sometidos a las leyes del Estado.” Y la  “voluntad del pueblo mexicano es constituirse en una República”.

 

Nuestra República es representativa, porque delegamos nuestra autoridad soberana en un representante, que expresará nuestra voluntad, es decir, no ejercemos nuestro poder directamente, sino a través de nuestros representantes. El diputado del Constituyente de 1917, José María del Castillo Velazco, decía que el pueblo no elige un soberano sino un delegado, y que es un proceso democrático porque el pueblo es quien gobierna, lo que es el significado etimológico de la palabra.

 

Según la Constitución, los partidos políticos tienen como fin promover la participación del pueblo en la vida democrática, contribuir a la integración de la representación nacional y como organizaciones de ciudadanos, hacer posible el acceso de éstos al ejercicio del poder público, de acuerdo con los programas, principios e ideas que postulan y mediante el sufragio universal, libre, secreto y directo.

 

Este es el mundo ideal, pero en el mundo real nuestro país se está convirtiendo en una república partidocrática, en la que preocupan más los intereses de un partido que los interés del pueblo a los que periódicamente se ofrecen a servir, para finalmente servirse de ellos.

 

Estamos cayendo en el lema del despotismo ilustrado: Todo para el pueblo, pero sin el pueblo, y  es un fenómeno que nosotros hemos permitido.

 

En su trascendental obra Rousseau señala que “Aristóteles tenía razón: todo hombre nacido en la esclavitud nace para la esclavitud, no hay nada más cierto. Los esclavos pierden todo en sus cadenas, hasta el deseo de salir de ellas… La fuerza ha hecho los primeros esclavos; su cobardía los ha perpetuado”.

 

Eso es lo que nos ha pasado en más de 80 años de gobiernos y partidos. Nos hemos convertido en esclavos de un sector del pueblo, agrupado en los partidos políticos, condenando a nuestros hijos a esa esclavitud, al perder el deseo de salir de nuestras cadenas, eternizándolos con nuestra cobardía.

 

En las elecciones presidenciales de 2006, sólo participó el 58% de los votantes, 42 millones de personas, por lom que 29 millones de personas decidieron no participar. La diferencia entre el partido ganador y el segundo lugar fue de .56%.

 

En 2009, sólo participó el 44% de los electores, 43 millones se quedaron en su casa. Según una encuesta de consulta Mitofsky presentada en noviembre pasado, sólo el 39% de los electores se interesa en la política.

 

Dice el maestro Fernado Savater que “los antiguos griegos  a quien no se metía en política le llamaron idiotés; palabra que significaba persona aislada, sin nada que ofrecer a los demás, obsesionada por las pequeñeces de su casa y manipulada a fin de cuentas por todos.” Y aconseja: ¡no seas idiota!, los hombres no vivimos aislados y solitarios sino juntos y en sociedad.

 

Por esto es que llamo, tal vez con una visión demasiado idealista, a que el próximo 1° de julio regresemos a lo básico, al espíritu de nuestra Constitución. Utilicemos nuestra “autoridad soberana”. Deleguemos nuestro poder a aquellos que personifican nuestros ideales e intereses, y que pueden ser la voz de nuestras preocupaciones y anhelos. Gobernemos a través de ellos.

 

Y aquellos que se ofrecen a ser nuestros delegados, sepan que exigiremos que de las palabras pasena los hechos y que hagan escuchar nuestra voz, porque no es una gracia que nos conceden sino una obligación, un compromiso que ellos voluntariamente asumen. Y si faltan a su deber, ejerzamos nuestra "autoridad soberana", porque me niego a seguir viendo a nuestro país sin esperanza y sin rumbo, y a nuestros hijos sin un futuro.

 

Como dice el maestro Savater, “tú tienes la última palabra: procura que nadie te la quite ni la diga en tu lugar”.