Ayer viví esta experiencia que, además de generarme angustia y miedo, terminó por dejarme un gran enojo y aunque estos temas en particular están alejados de nuestra línea editorial quiero compartirla con nuestros lectores para que eviten de caer en la misma situación.

 

Había sido una mañana difícil, en la que estaba desanimado por situaciones de trabajo, por lo que no actuaba con total racionalidad.

 

Todo empezó con una llamada de un número privado, la cual dudé en contestar, pero a pesar de ello terminé contestando. Y a partir de ese momento empezó el problema.

 

Era una llamada en la que al principio querían hablar con el titular de la línea, supuestamente de la policía federal para confirmar una denuncia, a lo que yo respondí en distintas ocasiones que se identificara, pero la persona al teléfono cambió y el tono también, y empezaron las amenazas de un supuesto comandante de los “Z”, indicando que mi casa estaba vigilada, que si yo cooperaba, que ellos me “respetarían”, entendiendo por respeto que no le harían daño a mi familia.

 

Y mis lecturas de la mañana empezaron a hacer girar mi mente en el sentido equivocado (había leído la columna de Pascal  Beltrán del Río “La república criminal de los zetas” y las noticias en las que se informaba que se habían presentado cuatro hechos violentos en la ciudad con nueve muertos).

 

¿Por que en el sentido equivocado? Porque yo sabía que existían grandes posibilidades que se tratara sólo de una situación de extorsión telefónica, pero también cabía la posibilidad de que fuera una amenaza real en contra de mi familia. Al ver llegar a mi familia, y con ese coctel de ideas en la cabeza, caí redondito en el engaño.

 

Los hombres al teléfono me pidieron mi celular para cambiar de la línea local a la línea móvil, me preguntaron cuanto dinero llevaba conmigo y me pidieron que saliera del edificio, diciendo que estaban siguiendo todos mis movimientos.

 

Mi esposa trató de impedir que saliera, pero yo seguía mareado por el “coctel” que había consumido, y a pesar de su insistencia, salí de la casa, pensando que era una forma de tenerlos seguros a ellos.

 

Las amenazas en contra de mi familia continuaron y las indicaciones también, me dieron a “escoger” si irme a una casa de “seguridad”, (¿de donde se nos ocurrió ese nombre?) o un hotel, “para que estés  cómodo” y claro, mi respuesta fue a un hotel (en este punto, mi raciocinio lo había encerrado en el closet, y contrario a lo que acostumbro, estaba actuando con base sólo en dos emociones: miedo y angustia, porque siendo lógicos: ¡ya parece que te van a dar a escoger!)

 

Así que con el teléfono pegado al oído recorrí las calles buscando un hotel y producto del miedo mi sentido de orientación falló y no daba con un hotel, hasta que por fin, encontré con uno, el “Hotel Candilejas” y me registré con un nombre falso, según las instrucciones de los extorsionadores. (Al personal del hotel no les pareció raro que fuera solo, pidiera la habitación por una noche, y no llevara ni equipaje, ni coche, siendo que es un hotel turístico).

 

Ya en la habitación, me pidieron el número de cuarto, y el teléfono del hotel, y la instrucción estricta de no contestar  ninguna llamada o mensaje que no fuera el de ellos. Empezaron a pedirme por el celular datos sobre mí y mi familia, los cuales les di parcialmente, contándoles una triste historia de rompimiento familiar, que no tengo dinero, que no tengo trabajo, bla, bla, bla (el raciocinio luchaba por salir) y después empezaron a monitorearme, con la línea abierta, hablando conmigo cada diez, quince minutos.

 

Como el miedo no se convirtió en pánico y mantuve la calma, en ocasiones se desesperaban e insistían en sus amenazas, pero su efecto iba disminuyendo.

 

Por supuesto, al mismo tiempo que me monitoreaban a mi, estaban extorsionado a mi esposa y a mi padre, pero por alguna extraña razón ellos contaron también una historia de desempleo, quiebra, etcétera, que desesperaba a los extorsionadores porque a mi me pedían más números de teléfono de familiares y yo les insistía que no tenía más personas que tuvieran interés en pagar un rescate.

 

Seguramente mi padre pidió pruebas de que yo estaba bien porque me comunicaron con él, pero sospeche que él les estaba dando largas porque el tiempo seguía pasando.

 

En un momento de lucidez dejé un recado a la recamarera del hotel para que avisaran a mi esposa a y a mi padre que yo estaba bien y libre, pero ese recado nunca llegó a sus destinatarios (Gracias hotel Candilejas por su solidaridad)

 

Después de haber pasado cuatro horas y media pegado al celular, me comunicaron una segunda vez con mi papá, en la que con más calma, aplicamos los mecanismos de protección que creamos, por lo que mi padre supo que yo estaba bien.

 

Pero después de esa llamada, colgaron, lo cual me resultó extraño. Espere que se volvieran a comunicar, pero el que sonó fue el teléfono del hotel. Mi primera instrucción fue no contestar, conforme me habían indicado, pero seguía sonando de forma insistente. ¿Serán los extorsionadores? Pero no contesté. Minutos después tocaron a la puerta de la habitación y subió la gente de recepción del hotel, llamándome por mi apellido real y pidiéndome que contestara la  llamada. Pregunté que si sabían quien llamaba y me dijeron que era mi hermano. Les entregué en la mano un segundo recado pidiendo su ayuda para que le avisaran a mi familia que estaba bien y poder comunicarnos a través de ellos (segundo recado que nunca llegó a sus destinatarios, una vez más gracias hotel Candilejas por su solidaridad)

 

Al cerrar la puerta empecé a recuperar la razón ¿Como sabían mi apellido real? Los extorsionadores lo sabían, ¿Serían sus cómplices? ¿Cómo? El hotel lo escogí al azar ¿Mi hermano? Los extorsionadores no tenían la seguridad de que tenía hermanos, porque no le di esa información y además, nadie sabía que estaba en ese hotel, salvo los extorsionadores.

 

El teléfono volvió a sonar y opté por desconectarlo, para aclarar mi mente.

 

La realidad es que los extorsionadores sólo sabían de mí, lo yo les había dicho, nada más. El motivo de la llamada cambiaba: iba de un ajuste de cuentas por denunciar, a una supuesta investigación, a que se retirara una denuncia, de un cártel criminal a otro, nadie se me había acercado en la calle o había hecho contacto en el hotel, en la calle el movimiento era escaso y entendí que la idea de evitar que contestara otras llamadas o mensajes era mantenerme incomunicado.

 

Decidí esperar una hora más a ver que pasaba (el miedo tuvo su última victoria sobre la razón).

 

Después de esa hora salí del hotel, no sin antes “agradecer” la solidaridad del hotel “Candilejas”.

 

Me comuniqué con mis familiares y todo había terminado, fue un secuestro virtual, en el que el secuestrador fue el miedo, o más bien, yo, actuando por miedo.

 

Reflexionando sobre la experiencia me di cuenta que nosotros como sociedad al romper el hielo en las conversaciones contando las historias de inseguridad y divulgando rumores, estamos dando a estos criminales las armas necesarias para poder cometer este tipo de delitos.

 

Hemos creado un monstruo que nos está consumiendo.

 

La inseguridad es un hecho real, ocurre todos los días y en ocasiones a unas cuadras de nuestra casa. El combate al crimen organizado se está dando en todo el país con las terribles consecuencias que todos conocemos. Gran parte del país esta cooptado por las bandas criminales en complicidad con las autoridades.

 

Y de esto son conscientes los criminales que cometen esas extorsiones, pero también los rumores y el miedo que nos generamos los usan en nuestra contra.

 

La retención fue virtual, nunca vi a los extorsionadores, y su arma fue amedrentarme con la realidad, los rumores e historias de terror que escuchamos y alimentamos a diario.

 

Por mi actividad profesional conozco esa realidad, y en ocasiones escribo sobre ella, pero las circunstancias de esa mañana permitieron que por cinco segundos la sobredimensionara, convirtiéndome en víctima, que por la cabeza fría de mi esposa y mi padre, no se convirtió en un daño patrimonial.

 

Debemos empezar a creer menos en lo que dicen los criminales y más en las autoridades, que con todos sus defectos, es la única arma que tenemos para combatir al crimen.

 

Combatamos esos defectos exigiendo y ejerciendo nuestros derechos, sin apasionamientos, de forma racional. Cuando dejemos de escondernos detrás de un teclado, de un correo electrónico, de un muro, de ciento cuarenta caracteres, cuando salgamos y  seamos otro Wallace, Sicilia, Martí, Escobedo y demás ciudadanos que han salido del anonimato para hacer frente al crimen y también a las autoridades, estaremos cambiando al país.