Boca

 

Parece que el asunto de Manuel Mireles y sus dichos misóginos y vulgares sólo quedarán para el anecdotario, sin ninguna consecuencia real para el funcionario público, salvo que la Secretaría de la Función Pública decida aplicarle alguna sanción después de la supuesta investigación que inició sobre el caso.

Pero el lenguaje violento utilizado por Manuel Mireles ante una audiencia compuesta por servidores públicos, que no son sus "cuates", no debe sorprendernos, más aun cuando tuvimos también un presidente que se distinguió por sus frases chabacanas y misóginas.

Hace más de dos décadas que en un exceso de liberalidad eliminamos el límite que implicaba el respeto a los demás, y pasamos a considerar que usar un lenguaje violento o vulgar es correcto, “todos lo hacen”, “así hablamos”, es la justificación.

Antes, con fundamento en la Ley Federal de Radio y Televisión, se prohibían las transmisiones que corrompieran el lenguaje y las contrarias a las buenas costumbres, ya sea mediante expresiones maliciosas, palabras o imágenes procaces, frases y escenas de doble sentido, apología de la violencia o del crimen; todo aquello que fuera denigrante u ofensivo para el culto cívico de los héroes y para las creencias religiosas, o discriminatorio de las razas y el empleo de recursos de baja comicidad y sonidos ofensivos.

Pero a finales del siglo XX y principios del XXI, en una perversión de la libertad de expresión el uso del lenguaje violento o vulgar se hizo común y como sociedad empezamos a considerar que las disposiciones que lo limitaban eran obsoletas, antiguas, caducas, “para otras épocas”. Así, poco a poco la Secretaría de Gobernación, a través de la Dirección General de Radio Televisión y cinematografía, dejó de sancionar, considerando que usar un lenguaje violento o vulgar era un ejercicio de libertad de expresión.

Esa ley sería abrogada en 2014 y sustituida por la Ley Federal de Telecomunicaciones y Radiodifusión, que modificaría esta disposición que se consideraba obsoleta, con una nueva incluida en el artículo 223, fracción IX que establece la programación de radio y televisión debe propiciar entre otros aspectos el uso correcto del lenguaje. En 2015 la Suprema Corte de Justicia de la Nación emitió una tesis aislada en relación con un amparo indirecto promovido por una estación de radio en contra de esta disposición. En ese criterio se establece que la disposición viola la libertad de expresión porque inhibe al medio de comunicación de producir contenidos que consideraría valiosos para la discusión pública, que hacen necesario que ciertos mensajes se transmitan en un lenguaje irreverente, poco convencional o incluso ofensivo para generar un impacto en los interlocutores y detonar una deliberación pública.

Pero lo que el criterio de la Corte considera algo excepcional para que los medios utilizaran “…el lenguaje de la manera que mejor se considere”, era y es una regla, siendo común el uso en cualquier ocasión de “lenguaje irreverente, poco convencional o incluso ofensivo”, y agregaríamos vulgar, soez, en resumen un lenguaje violento.

Y exactamente, la prevalencia de ese lenguaje violento en los medios es tal vez lo que nos ha llevado a la prevalencia de la violencia verbal en la sociedad, porque primero la toleramos, después la festejamos y después lo imitamos y reproducimos, convirtiendo a la violencia verbal en una norma socialmente aceptada. Perdimos los filtros.

Así, es común que viejos y jóvenes, padres e hijos, hombres y mujeres,  se comuniquen utilizando un lenguaje verbal violento. En general para ser escuchados recurrimos al insulto, a la burla, a la descalificación, pero este tipo de lenguaje hiere y deteriora las relaciones, porque la intención de esas palabras es agredir, menospreciar, insultar, ironizar o ridiculizar a las personas.

Y el lenguaje violento provoca baja autoestima, daño emocional, daños en la salud física y lleva a la violencia física.

Dice el periodista chileno Abraham Santibañez que “el idioma es la mejor manera que tenemos los humanos para comunicarnos, es decir, transmitir conocimientos, sensaciones, experiencias y creencias. Como dice el lema de la Academia Chilena de la Lengua, ‘unir por la palabra’ ”.

Noam Chomsky sostiene que “el lenguaje nos permite ser lo que somos e identificarnos. Lo que decimos y cómo lo decimos refleja los valores y la experiencia propia, de nuestra familia y de la comunidad a la que pertenecemos. Es nuestra esencia, la manifestación externa de nuestro interior”.

Por su parte, Victor Klemperer, en su obra LTI. La lengua del Tercer Reich. Apuntes de un filólogo, analiza el uso que el nazismo hizo del lenguaje para transformar el comportamiento de toda una sociedad. En esa obra afirma: "Las palabras pueden actuar como dosis ínfimas de arsénico: uno las traga sin darse cuenta, parecen no surtir efecto alguno, y al cabo de un tiempo se produce el efecto tóxico".

Si ese es el poder que tiene el lenguaje, no podemos seguir cerrando los ojos al daño que nos estamos haciendo. Si queremos erradicar la violencia criminal, tenemos que empezar con mejores formas de convivencia, con mejores formas de comunicación, erradicando la violencia verbal.

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