Don Canelo es el señor que pasa por mi casa cada noche ofreciendo elotes con un característico grito acompañado del repicar de la clásica campanita de bicicleta. Compremos o no, Canito, mi perro, se encarga de hacernos notar que don Canelo se acerca porque empieza a ladrar.

 

Mientras nos prepara los esquites, uno de $15 y el otro de $20, el de $15 con poco chile, nos hace conversación. Fue así como nos enteramos de lo caro que estaban los limones o que su papá falleció hace dos semanas, en el estado de Puebla.

 

También nos avisó que durante el Carnaval, a principios de marzo, no va a pasar por acá porque va a aprovechar la afluencia de turismo para vender mejor sus elotes, y es que aunque los restauranteros y hoteleros de altos vuelos en Veracruz hablen desdeñosamente del turismo de “horchata” que visita esos días el Puerto, es una derrama importante de recursos para gente como don Canelo.

 

El llevar un nombre es algo tan cotidiano como respirar, que hemos perdido la noción de lo que representa: un derecho humano y un derecho personalísimo, porque tener un nombre significa ser identificado y reconocido por el estado y es el punto de partida de donde nacen los derechos y obligaciones.

 

Por eso es que en Japón, y a la luz de las disposiciones constitucionales que establecen la igualdad entre hombres y mujeres, cuatro mujeres y un hombre están recurriendo las disposiciones del Código Civil que establecen que las mujeres deben cambiar de apellido una vez que se casan. La disposición establece que los hombres pueden adoptar el apellido de la mujer, pero en una sociedad donde las mujeres caminan atrás de los hombres se entiende que se trata de un derecho que los hombres optan por no ejercer.

 

La semana pasada escuché a una persona que dijo que el bullying es un fenómeno nuevo en México, recientemente importado de Estados Unidos y producto de los programas de televisión.

 

Por mi experiencia personal, puedo asegurar que no se trata de un fenómeno nuevo y que el acoso escolar ha existido hace años, al menos desde la década de los 70 en que asistí a la primaria, cuando las “divinas” ya existían, quizá con otro nombre, y los niños que amedrentan a otros también deambulaban ya por las escuelas de México. Lo que sucede es que le hemos dado un nombre, que sí es importado, y se ha empezado a estudiar el fenómeno porque se ha hecho más grave.

 

En algún momento la humanidad debe regresar a lo sencillo, a lo simple.

 

Vivimos en una sociedad cada vez más complicada, con gustos más rebuscados y que lo único que logran es hacer los procesos, las reglas, los modales, las situaciones más difíciles.

 

Fiestas de bebés que cumplen un año con grupos musicales, aniversario de primer mes de novios con él vestido de oso y globos en la mano a la salida del colegio de ella para demostrarle cuanto la quiere, quinceañeras con vestidos con holanes sobre los holanes, bolsillos y un sobrero de ala ancha que remata un peinado lleno de forzados caireles, pasteles con muchos pisos y merengue, anillos en cada dedo de las manos y hasta del pie y ojos tan delineados que sin maquillaje quedan como dos puntitos perdidos en una cara sin mucho chiste.

 

Y al complicar los gustos y las tendencias, terminamos complicando la vida en sociedad. Y así, las leyes deben empezar también a ser rebuscadas para tratar de cubrir la mayor cantidad de posibles variantes.

 

La filtración de documentos del Departamento de Estado de los Estados Unidos por Wikileaks, fundada por Julian Assange, está poniendo de manifiesto asuntos más graves que las opiniones de Estados Unidos sobre las fiestas salvajes de Silvio Berlusconi o la salud mental de Cristina Fernández.

 

Para nadie es secreto que Estados Unidos lleva a cabo labores de espionaje en todo el mundo como tampoco lo es que han tenido injerencia en los acontecimientos del mundo moderno como golpes de estado en diversos países, muchos de ellos latinoamericanos. Y tampoco debía ser secreto que a través del poder económico y político manipulan al mundo y la opinión pública.

 

Pero como nunca antes lo habíamos atestiguado hoy vemos y palpamos en casi todo su esplendor esa labor de inteligencia y espionaje y sobretodo, de manipulación.

 

Cuando era adolescente acompañé a un amigo y a su madre a hacer unas compras. Cuando bajamos del automóvil, a unos cuantos metros de distancia de nosotros, un hombre sacó una pistola plateada y la apuntó contra otro. Qué pasó después, no lo sé porque mi amigo me obligó a agacharme entre los coches y esconderme.

 

Sin embargo, esos segundos que presencié me impactaron mucho y los sigo recordando por dos cosas: fue la primera vez que ví una pistola y porque la madre de mi amigo, en lugar de esconderse, se enojó tanto por la inseguridad que pese al riesgo que suponía, siguió caminando con paso decidido hacia el asaltante.

 

Para muchos ese habrá sido un acto estúpido, pero recuerdo haber visto un brillo de pasión en los ojos de esa mujer y su paso decidido diciendo que alguien tenía que hacer ver “a los malos” que no se seguiría tolerando el crimen.

 

Estos sucesos ocurrieron en Maracaibo, Venezuela, y por esta mujer y otras que tuve la fortuna de conocer, siempre he sabido que las mujeres venezolanas son valientes, decididas y muy comprometidas con sus ideales y por ello no me ha sido difícil sentir empatía con la causa de la jueza venezolana María Lourdes Afiuni quien fue detenida por haber cumplido con su deber con el estado de derecho, pese a las terribles consecuencias que ello ha traído a su vida.

 

Esta semana ha regresado el nombre de Sakineh Mohammadi Ashtiani a la opinión pública con mayor insistencia ante la noticia de que su sentencia de muerte podría haber sido ejecutada hoy en Irán.

 

Se trata de la mujer que fue condenada a morir lapidada por adulterio y conspiración para matar a su esposo, en un juicio que, según su primer abogado, Mohamad Mostafaeí, estuvo plagado de errores judiciales lo que llevó al sistema judicial iraní a cometer una grave injusticia contra ella.

 

Pero el mundo ha perdido de vista si la sentencia fue producto de errores judiciales o no y lo que ha causado más indignación es que por adulterio se condene a la muerte a una mujer. Y que esa mujer además sea ejecutada de una manera lenta, dolorosa y humillante.

 

Funcionarios iraníes, entre ellos el presidente Mahmud Ahmadineyad, han respondido al mundo que se trata de sus leyes penales y que nadie está en posición de cuestionarlas. Y es cierto, en Irán el adulterio es un delito que se castiga hasta con la muerte y una manera de efectuarla es mediante la lapidación, lo que convierte la sentencia en un documento perfectamente legal.

 

Con el reciente otorgamiento del premio Nobel de medicina al doctor Robert Edwards, pionero en las fertilizaciones in Vitro, el tratamiento volvió a ser noticia, más aún cuando la Iglesia Católica manifestó su rechazo por el otorgamiento de ese premio para un procedimiento que consideran inmoral porque a su juicio atenta contra las leyes de la naturaleza.

 

La discusión sobre la moralidad del procedimiento lo dejo a otros profesionistas. Aquí propongo reflexionar sobre algunas cuestiones de tipo jurídico de la fertilización in Vitro que, sin duda, ha sido fuente de alegría en numerosos hogares en todo el mundo.

 

Desde que el tratamiento empezó a ser accesible, el estado tuvo que empezar a regularlo para tratar de evitar en la medida de lo posible situaciones inconvenientes que se pudieran presentar.

 

Después de la tragedia, llega la reconstrucción.

 

Hace una semana el huracán Karl golpeó a Veracruz, en una zona del estado a donde no llegaban huracanes y a donde usualmente no pasaba nada. Pero la verdadera tragedia llegó después con las lluvias que Karl dejó en la zona de montañas y que incrementaron el nivel de los ríos provocando serias inundaciones en varias zonas urbanas y rurales de la ciudad de Veracruz y área conurbada.

 

Pero Karl no solo dejó destrucción a su paso. Nos deja valiosas enseñanzas y la promesa de un mejor Veracruz porque hemos sido testigos de la ayuda solidaria de varios sectores de la población, y sobretodo, de la activa participación de la juventud veracruzana que logró salir de su ensimismamiento para darse a los demás.