En el mes de mayo en muchos países se festeja a las madres. A todas las madres, tanto a las que la literatura nos presenta como abnegadas, sumisas y sacrificadas y a las madres, como la de mi hijo, gritonas, apasionadas, a ratos locas  y a veces, solo a veces, mandonas.

 

Generalmente se recuerda a las madres desde el inicio de la vida y el sacrificio que fue llevar en el vientre durante nueve meses una nueva vida y las múltiples molestias de ello, desde la nausea matutina hasta los terribles dolores de parto que algunas madres no olvidan y que en cada reprimenda se encargan de hacérselo saber a sus hijos.

 

Pero hoy quiero recordar a las madres que esperaron a sus hijos más de nueve meses, muchas veces, años; que si bien no sufrieron dolor de parto, padecieron mensualmente dolor con tratamientos invasivos, inyecciones diarias y análisis un tanto vejatorios; que cada mes lloraron la desilusión de no ver su sueño materializado y que pensaban que la maternidad no era para ellas, pero que nunca se dieron por vencidas y que, posiblemente después de muchos intentos, se decidieron por el amor más que por la genética, y decidieron hacer familia de una otra manera, mediante la adopción.

 

La semana pasada recibimos una consulta de una persona que quería regularizar su situación personal y sentimental. Es el caso de muchos miles de mexicanos que se separan de su esposa/o porque encontró a otra persona a quien amar y con quien incluso ya tiene otro hijo.

 

Para los más conservadores, se trata de  una situación escandalosa que involucra infidelidad y falta de respeto al juramento de amar al otro para toda la vida, pero se trata de una situación real, bastante común con la que muchos se pueden identificar ya sea personalmente o porque eso vive un amigo o un pariente.

 

Pese a que esta situación, que me niego a juzgar como buena o mala, es una realidad, las leyes en la gran mayoría de los estados, siguiendo una tradición conservadora, se niegan a reconocerla  y hacen casi imposible la regularización de la situación legal si el cónyuge engañado y ofendido se niega al divorcio.

 

Después de 17 años, hace cuatro años, dejé de fumar- Pero aunque ya no soy fumadora he estado reflexionando en las leyes en contra del tabaco. Leyes que están siendo recurridas por los fumadores porque consideran que atentan contra sus libertades individuales al negárseles el derecho de menguar su salud por propia voluntad.

 

Se trata de leyes que nacieron con el espíritu de proteger la salud de la mayoría, pero son disposiciones que aunque no hacen de fumar una actividad ilícita, si una actividad pecaminosa y escandalosa que se debe efectuar en la soledad de una habitación.

 

Se me ocurre que fumar es visto ahora como a principios del siglo XX se veía a una mujer embarazada, que tenía que ocultar su vientre durante la gestación porque era reflejo de que había cometido actividades bochornosas y poco propias de una dama, aun bajo la licitud del matrimonio.

 

Estamos en los tres primeros meses del año en que los gobiernos estatales y municipales hacen uso de sus mejores herramientas para persuadirnos de pagar dos impuestos que son fuente importante de ingresos para ellos: el predial y la tenencia.

 

Antes pensaba que se trataba de impuestos que solo los afortunados que tienen casa y coche deben pagar, pero el secretario de Hacienda me ayudó a salir de mi error y ahora sé que cualquier mexicano con un sueldo mínimo de $6,000 también paga predial y tenencia (¡hasta para esto alcanza!)

 

Contribuir no es un acto potestativo de los mexicanos, se trata de una obligación establecida en la fracción IV del artículo 31 de la Constitución Política, y aunque mucho se ha cuestionado la naturaleza de estos dos impuestos a la propiedad privada, el hecho es que se trata de contribuciones legítimamente establecidas, y ni modo, a pagar.

 

Don Canelo es el señor que pasa por mi casa cada noche ofreciendo elotes con un característico grito acompañado del repicar de la clásica campanita de bicicleta. Compremos o no, Canito, mi perro, se encarga de hacernos notar que don Canelo se acerca porque empieza a ladrar.

 

Mientras nos prepara los esquites, uno de $15 y el otro de $20, el de $15 con poco chile, nos hace conversación. Fue así como nos enteramos de lo caro que estaban los limones o que su papá falleció hace dos semanas, en el estado de Puebla.

 

También nos avisó que durante el Carnaval, a principios de marzo, no va a pasar por acá porque va a aprovechar la afluencia de turismo para vender mejor sus elotes, y es que aunque los restauranteros y hoteleros de altos vuelos en Veracruz hablen desdeñosamente del turismo de “horchata” que visita esos días el Puerto, es una derrama importante de recursos para gente como don Canelo.

 

El llevar un nombre es algo tan cotidiano como respirar, que hemos perdido la noción de lo que representa: un derecho humano y un derecho personalísimo, porque tener un nombre significa ser identificado y reconocido por el estado y es el punto de partida de donde nacen los derechos y obligaciones.

 

Por eso es que en Japón, y a la luz de las disposiciones constitucionales que establecen la igualdad entre hombres y mujeres, cuatro mujeres y un hombre están recurriendo las disposiciones del Código Civil que establecen que las mujeres deben cambiar de apellido una vez que se casan. La disposición establece que los hombres pueden adoptar el apellido de la mujer, pero en una sociedad donde las mujeres caminan atrás de los hombres se entiende que se trata de un derecho que los hombres optan por no ejercer.

 

La semana pasada escuché a una persona que dijo que el bullying es un fenómeno nuevo en México, recientemente importado de Estados Unidos y producto de los programas de televisión.

 

Por mi experiencia personal, puedo asegurar que no se trata de un fenómeno nuevo y que el acoso escolar ha existido hace años, al menos desde la década de los 70 en que asistí a la primaria, cuando las “divinas” ya existían, quizá con otro nombre, y los niños que amedrentan a otros también deambulaban ya por las escuelas de México. Lo que sucede es que le hemos dado un nombre, que sí es importado, y se ha empezado a estudiar el fenómeno porque se ha hecho más grave.

 

En algún momento la humanidad debe regresar a lo sencillo, a lo simple.

 

Vivimos en una sociedad cada vez más complicada, con gustos más rebuscados y que lo único que logran es hacer los procesos, las reglas, los modales, las situaciones más difíciles.

 

Fiestas de bebés que cumplen un año con grupos musicales, aniversario de primer mes de novios con él vestido de oso y globos en la mano a la salida del colegio de ella para demostrarle cuanto la quiere, quinceañeras con vestidos con holanes sobre los holanes, bolsillos y un sobrero de ala ancha que remata un peinado lleno de forzados caireles, pasteles con muchos pisos y merengue, anillos en cada dedo de las manos y hasta del pie y ojos tan delineados que sin maquillaje quedan como dos puntitos perdidos en una cara sin mucho chiste.

 

Y al complicar los gustos y las tendencias, terminamos complicando la vida en sociedad. Y así, las leyes deben empezar también a ser rebuscadas para tratar de cubrir la mayor cantidad de posibles variantes.

 

La filtración de documentos del Departamento de Estado de los Estados Unidos por Wikileaks, fundada por Julian Assange, está poniendo de manifiesto asuntos más graves que las opiniones de Estados Unidos sobre las fiestas salvajes de Silvio Berlusconi o la salud mental de Cristina Fernández.

 

Para nadie es secreto que Estados Unidos lleva a cabo labores de espionaje en todo el mundo como tampoco lo es que han tenido injerencia en los acontecimientos del mundo moderno como golpes de estado en diversos países, muchos de ellos latinoamericanos. Y tampoco debía ser secreto que a través del poder económico y político manipulan al mundo y la opinión pública.

 

Pero como nunca antes lo habíamos atestiguado hoy vemos y palpamos en casi todo su esplendor esa labor de inteligencia y espionaje y sobretodo, de manipulación.