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Categoría: Bárbara Amaro
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Este fin de semana tuve la oportunidad de ver por MTV un programa muy interesante sobre la violencia en América Latina y sus variadas causas y consecuencias. Entre ellas la cantidad de jóvenes que, para tratar de salir de esta espiral violenta que viven desde niños, abandonan de sus hogares rumbo a las calles. Ello me llevó recordar otras declaraciones que escuché sobre la problemática de los niños de la calle en nuestro país, quienes son desplazados de sus casas por la misma violencia que viven: padres alcohólicos o drogadictos que abusan física, psicológica y sexualmente de ellos. ¿Te imaginas la soledad que deben sentir al saber que nadie está para protegerlos? ¿Qué tanta ansiedad sentirán que prefieren dejarlo todo atrás?

 

 Y al salir a las calles se encuentran con mayor violencia que los obliga, muchas veces a ser violentos para poder sobrevivir (¿No es acaso una de las primeras necesidades del hombre?) Pero también es donde por primera vez encuentran una verdadera familia en otros chavos que como ellos han huido de todo y que en el fondo solo buscan lo mismo que cualquiera de nosotros: amor, protección, seguridad y aceptación. Totalmente legítimo ¿no? Los puristas del derecho y de las relaciones familiares no llaman a estos grupos “familia” y sin embargo se organizan de tal manera que generan lazos más estrechos que los consanguíneos. Y me pregunto ¿cómo no llamarlos familia? Pero la realidad pesa más de lo que quiero que sea y resulta que ni el Derecho ni el Estado los reconoce como tal y por eso no generan derechos de familia que no son simplemente patrimoniales como el derecho a heredar (¿a heredar qué? ¿Hambre, humillaciones, pobreza?) , sino también el derecho que tienen de reclamar sus cuerpos y sepultarlos con una lápida con su nombre. Porque enfrentémoslo, su expectativa de vida es baja, sumamente baja. Y cuando un deceso ocurre por hambre, por frío, por enfermedades sin atender o por la misma violencia a la que se enfrentan con el día a día, su “familia”, aquella que lo quiere, lo acepta y lo espera, no tiene representación legal para acudir a la morgue a reclamar el cadáver y poder velarlo y enterrarlo. Ese derecho solo lo tienen sus padres, los que lo abandonaron a su suerte y que probablemente ni siquiera se han enterado que su hijo o hija falleció. Es lo legal, ¿pero es lo justo? La Ley de Convivencia del Distrito Federal trata de subsanar estas deficiencias jurídicas al aceptar a este y otros grupos de personas que voluntariamente se unen en estas nuevas “familias”, generen estos derechos de familia.  Muchas personas de visión estrecha vieron esta ley exclusivamente como la posibilidad de que las parejas de homosexuales “se casaran”. A ellos, y en general a todos, les pido que miren a nuestro México real y que en lugar de prender los limpiadores cada vez que un limpiavidrios se acerca a su flamante automóvil último modelo, le regalen una sonrisa y un “no, GRACIAS”. Total, no sabes si la tuya es la última sonrisa amable que verán en su vida.
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