Los idealistas me van a contestar que no tiene precio; los pragmáticos que no vale un cacahuate. Pero tratemos de ser justos y de aterrizar la idea.

 

No soy de números, nunca he sido una persona de números, pero hoy vamos a necesitar un par de cifras para poder contestar la pregunta.

 

En las elecciones para diputados federales, entre asignaciones a los partidos políticos y la organización misma de la jornada electoral, se está pagando (o estamos pagando) $819,488,876.31 y después se va apagar a cada diputado federal una dieta neta mensual de  $ 77,745.00, Apoyos para Actividades Legislativas $45,786.00 y Atención Ciudadana $28,772.00, haciendo un total de $152,303 eso, claro, sin contar los accesorios como viáticos, celulares, personal, coche, etcétera, etecétera. Y solo hablamos de diputados.

 

En un país en donde hay poblados sin comunicación, calles sin asfaltar, barrios sin servicios de agua potable ni electricidad, niños sin acceso a la escuela y padres sin dinero para alimentar a sus hijos, se trata, sin duda, de mucho dinero.

Pero no se trata de decir tampoco que la democracia no vale la pena, porque claro que lo vale. El truco es encontrar el justo medio.

 

¿Dónde encontramos ese justo medio? Yo empezaría por la cantidad de legisladores que existen. ¿En realidad necesitamos tantos diputados y senadores?

 

La Cámara de Diputados está conformada actualmente por 500 diputados y en la de senadores encontramos a 128 legisladores. ¿Cuántos de ellos están aportando al país? La realidad es que son muy pocos los que presentan propuestas, debaten ideas, negocian acuerdos. Los demás son, como diría mi madre, macetas con ojos que se limitan a asistir de vez en cuando, a votar como el líder lo ordena, a cobrar su sueldo cada mes, a construir una carrera política (que en la gran mayoría de las veces acaba con la legislatura con la que pretende iniciar) y a sacar el charolazo cuando la ocasión lo amerita (es decir, cuando quieren presumir o apantallar a los conocidos o a los papás de los amigos de sus hijos).

 

Las Cámaras no estaban tan saturadas anteriormente. Si hacemos algo de historia, veremos que cuando se creó la división de poderes, se pensó que el poder legislativo representara en dos cámaras al pueblo directamente (Diputados) y a los estados (Senadores). Y así fue hasta finales de la década de los ochenta o principios de los noventa del siglo pasado (suena a que fue hace mucho tiempo, pero fue hace algunos años apenas).

 

En esos años se hicieron reformas constitucionales para permitir un sistema más justo donde hubiera representación de otros partidos, además del PRI, y se creó la figura de los legisladores plurinominales.

 

A partir de estas reformas cada partido político registra una lista de candidatos que sin contender directamente alcanzan una curul en la Cámara, según el número de votos que obtiene el partido al que representan y con ello se permitió que hubiera mayor cantidad de legisladores de oposición sin que hubieran ganado directamente en su distrito electoral. Por eso la cantidad de diputados aumentó de 300 a 500 y la de senadores de 64 a 128 que son actualmente. Según este sistema acceden por cantidad de votos según el orden de las listas (es por ello que hay golpes y codazos al momento de hacer las listas ya que entre más arriba queden, mayor seguridad tienen de “agarrar la chamba”).

 

Este sistema en su momento fue bueno porque permitió que hubiera un verdadero contrapeso al presidente en el legislativo. Pero ¿a quién representan esos legisladores? No representan al pueblo porque el pueblo nos los eligió directamente. Y tampoco representan a los estados porque no necesitan requisitos de residencia en un lugar determinado, por lo que representan exclusivamente los intereses de su propio partido político.

 

¿Y son necesarios ahora? Pensemos.

 

Es difícil la ocasión en que todos los diputados o senadores se presentan a trabajar y los que van, votan como el partido lo ordena sin pensar ni en electorado ni en las necesidades reales de México y esos niños barrigones de lombrices que comen lo que pueden y no lo que deben. Todos cobran sus sueldos íntegramente, casi sin descuentos por faltas que siempre justifican.

 

Entonces, ¿son necesarios? Para sus partidos políticos sí, porque así obtienen más dinero, pero no sirven a México y al menos en teoría y desde un punto de vista idealista deben de servirnos a nosotros.

 

Así que hoy que veo a los candidatos y esos rostros sonrientes en fotografías que tapizan ciudades enteras, no puedo dejar de imaginarlos deambulando en la Cámara, sintiéndose los “muy muy” en sus localidades, pero siendo nadie ni nada para un México que necesita evolucionar y crecer.

 

¿La solución? Eliminar o al menos reducir el número de los plurinominales. Pero vamos a ser honestos, aunque muchos partidos digan que apoyan esta iniciativa difícilmente la van a aprobar porque afectaría a sus propios intereses no solo políticos sino también económicos. Y ya sabemos que en México se tocan a los niños, se tocan a las mujeres, se afecta el presupuesto de las familias, se deja sin trabajo a las personas, pero nunca jamás, bajo ningún concepto, se tocan los intereses políticos de nadie. DE NADIE.