Nunca he estado de acuerdo en que sea el gobierno quien se encargue de cuidarnos y creía que la mayoría de los mexicanos opinaban como yo, sobretodo cuando decían que el “paternalismo” priísta tenía que terminar.

 

Pero la realidad no está dando de frente y como hemos sido incapaces de asumirnos como un pueblo adulto, estamos dejando que el ala protectora de papá gobierno, del partido que sea, nos cobije y decida por nosotros en materia de seguridad, salud, educación, crecimiento económico, legalidad, impartición de justicia y demás temas trascendentales.

 

Por ejemplo, analicemos el tema de salud en el D.F. El gobierno asumió que debe cuidar que la gente no se emborrache y que tampoco maneje en dicho estado, y no solo por cuidar sus vidas, sino también porque las reparaciones de los daños en la vía pública son costosos, así como el brindar la atención médica de emergencia a quienes se accidentan.

 

Así, el pasado mes de febrero entró en vigor en el Distrito Federal la Ley de Establecimientos Mercantiles, en donde, entre muchas cosas, se regulan los centros nocturnos en cuanto a la venta y distribución de bebidas alcohólicas y a sus horarios de funcionamiento.

 

 

Es así como ahora los bares, discotecas, salones de baile y cantinas, pueden vender y distribuir bebidas alcohólicas hasta las 2:30 a.m. y deben cerrar a las 3:00 a.m.

 

Por supuesto que esta ley incomodó a muchas personas, no solo a los propietarios de estos establecimientos, sino, sobretodo, a los usuarios. Incluso hubo quien opinó que lo único que lograban las autoridades era que la gente se emborrachara antes.

 

Por eso aunado al temprano cierre de los antros, el gobierno del D.F. tiene en funcionamiento el programa del alcoholímetro para impedir que la gente alcoholizada y con sus sentidos adormecidos en consecuencia, maneje, se exponga y exponga a los demás.

 

Se trata de un programa molesto que me tocó vivir la noche en que velábamos a mi cuñado y tuvimos que salir de la funeraria por alguna razón. Y claro que me enojó tener que esperar nuestro turno para circular libremente, como le enojó al de adelante y al de atrás y a todos lo que quedamos súbitamente atrapados en el pequeño embotellamiento. Pero mientras esperábamos nuestro turno, varios se dieron a la fuga, quizá los que estaban bajo los efectos del alcohol, quienes no vieron inconveniente en manejar en sentido contrario en un eje. Y son ellos los que seguramente al otro día contaron como una gran hazaña haber escapado de esos tontos policías.

 

Como quizá hoy, de haberle salido las cosas diferentes, lo hubiera hecho el sujeto de 22 años que ayer en la noche, totalmente alcoholizado, pretendió evadir el alcoholímetro y en su loca huída, mató a un policía, además de dañar una estatua y el camellón.

 

Hoy amaneció no solo con resaca, sino con la terrible culpa de haber matado a una persona y con la perspectiva de un futuro encerrado en una prisión.

 

No va a faltar quien diga que sucesos como estos son resultados directo de la ‘Ley de Antros’ se “obliga” a la gente a beber más y que el alcoholímetro es la gota que derrama el vaso porque “obliga” también a los afectados a huir de la policía. Suena absurdo ¿no? Pero tristemente estamos llegando a estos absurdos al no asumirnos como personas responsables y no solo culpar a los demás de nuestras faltas, sino al dejar que sea el gobierno quien no solo nos cuide, sino que decida por nosotros.

 

En tanto no asumamos nuestras responsabilidades como hijos, como padres, como estudiantes, como trabajadores, y sobretodo, como ciudadanos, y empecemos a cuidarnos y más aún, a participar activamente en la resolución de problemas, el gobierno seguirá decidiendo por nosotros, ejerciendo control sobre nosotros y hablándonos en el molesto tono condescendiente en el que lo hacen.

 

Como hacen los papás con los niños de cinco años.