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Categoría: Bárbara Amaro
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Sudáfrica es noticia en estos días, no por los índices de corrupción, ni por la ley en contra de la transparencia recientemente aprobada, ni por la anulación del nombramiento del procurador general realizado por Jacob Zuma, el presidente, sino porque en Durban, la tercera ciudad más grande del país, se está llevando a cabo la Conferencia sobre el Cambio Climático que finalizará el próximo 9 de diciembre.

 

Una cumbre que no ha generado la misma expectativa que en 2009 generó la de Copenhague, aunque se trata de una muy importante porque estamos frente al final de los compromisos adquiridos en el Protocolo de Kyoto en 1997 y porque ya no hay marcha para atrás en este asunto del calentamiento global.

 

Hagamos un poco de historia: En 1992 los diferentes países firmaron el Acuerdo Marco de las Naciones Unidas en Materia de Calentamiento Global para considerar posibles soluciones para limitar el promedio de la temperatura global y el consecuente cambio climático.

 

En 1995 las negociaciones fortalecieron la respuesta global al cambio climático lo que resultó en la adopción del Protocolo de Kyoto en 1997. Este tan traído y llevado documento es el acuerdo que obliga legalmente a los países desarrollados a reducir las emisiones de carbono a ciertos límites. La primera parte de los compromisos adoptados empezó en 2008 y finaliza el próximo año.

 

En el 2007, en la Conferencia de Cambio Climático de Bali, en Indonesia, 187 países acordaron continuar las negociaciones con la finalidad de reforzar las acciones internacionales para lidiar con el calentamiento global. Esta conferencia finalizó con el Plan de Acción de Bali que establece cuatro piezas clave de respuesta al cambio climático, que se están revisando en Durban, y que son la mitigación, la adaptación, la tecnología y el financiamiento.

 

Posteriormente, en diciembre de 2009, 114 países firmaron el Acuerdo de Copenhague que establece la importancia de reducir emisiones tanto en los países desarrollados como en los que están en vías de desarrollo y la necesidad de financiar los mecanismos para los esfuerzos de mitigación de los países en desarrollo.

 

El año pasado la conferencia se llevó a cabo en Cancún y en ella se adoptaron decisiones que comprometen a los gobiernos con acciones más firmes a reducir sus emisiones y que incluye un mayor apoyo a las acciones de cambio climático que se están efectuando en los países en desarrollo.

 

Suena bien, pero ¿cuál es la realidad en Durban? La misma que ha prevalecido todos estos años: Que nadie se quiere comprometer. Canadá ya señaló que no va reducir emisiones si ello significa sacrificar su productividad y rechaza cualquier ampliación al Protocolo de Kyoto posición que comparten Japón y Rusia. Y Estados Unidos, el mayor contaminante del planeta tierra, se rehúsa también a adquirir compromisos y en su lugar quiere que se tomen compromisos voluntarios que a juicio de los científicos y ecologistas, no son suficientes. Y eso que su presidente actual, a diferencia de George Bush, ya reconoce que el calentamiento global es un mal real y presente.

 

La manifestación de activistas que este año acompaña a la conferencia se efectúo el pasado domingo. Los organizadores dicen que se congregaron 20,000 personas, pero las cifras oficiales hablan de 6,000. Hayan sido dos o un millón, los manifestantes que nos dan voz a todos y que provienen de todo el mundo reclaman a los gobiernos que se tomen acciones inmediatas en diversas materias, particularmente en lo que han llamado la “justicia climática” y el derecho a agua, alimentos y energía para todos.

 

Justicia Climática, un nuevo tipo de justicia que se busca frente a la inminencia de los cambios. Una justicia que clama por parte de los países en vías de desarrollo el financiamiento de los países desarrollados para que se puedan hacer las adaptaciones necesarias frente al cambio climático. Un reclamo que bien visto no es una caridad, sino una compensación por reparación de daño en vista de que han sido ellos quienes mayoritariamente han contribuido con la contaminación que nos ha llevado a experimentar la década más calurosa desde que se toman los registros.

 

Se trata del derecho de cada niño, joven, adulto, anciano, hombre y mujer de este planeta de respirar un aire limpio, de alimentarse adecuadamente, de tener acceso al agua, fuente de vida, y de un bienestar general, que incluye también el desarrollo de la actividad económica.

 

Derechos, sin embargo, que no se quieren reconocer si ello significa menos dinero, menos productividad y una economía debilitada y que tampoco se pueden hacer valer frente a la voluntad de esos gobiernos que parecen empeñados en creer  que el dinero lo compra todo, hasta un planeta B al que puedan irse cuando ya sea muy tarde para revertir el daño en la tierra.

 

Una justicia, que en justicia, valga la redundancia, nos estamos negando nosotros mismos al no presionar más, al no interesarnos más, al no participar más y al seguir consumiendo energía de manera inmoderada en la creencia de que una sola persona no puede lograr nada frente a la supuesta indiferencia de los gobiernos.

 

Para los que siguen negando el cambio climático: los datos hablan de una realidad, el calentamiento global lo podemos sentir estos días decembrinos en que un suéter sencillo es suficiente para protegernos del frío. No hay marcha para atrás y ahora lo que nos toca es adaptarnos y estar listos para esos cambios que están llegando. La justicia climática no se trata ya de un planeta impio, sino de la igualdad de oportunidades para esa adaptación.

 

B.

 

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