Me ha llamado la atención la multiplicidad de movimientos sociales de que hemos sido testigos este año. Empezaron en Túnez y de ahí como hilo de media estos movimientos se corrieron por el mundo árabe pidiendo cambio de sistema político porque las dictaduras no cumplen con las expectativas de las personas.

 

Pero el movimiento social no se quedó ahí. Llegó a Europa, particularmente a España, donde se ha protestado por la situación económica que nos tiene en crisis a todos menos al sistema financiero, y ya cruzó el Atlántico para llegar a Nueva York donde inició hace ya casi un mes el movimiento Occupy Wall Street, que está llegando a otras ciudades de ese país.

 

Como una bola de nieve imparable, se está gestando una manifestación mundial para este fin de semana para protestar pacíficamente en contra del sistema financiero y político, y que, en pocas palabras, exige una humanización para que por encima de los intereses económicos y políticos sea la persona humana la que prevalezca.

 

La Organización Internacional del Trabajo lleva semanas denunciando que bajo el actual modelo económico no se están generando empleos y los analistas económicos siguen señalando que se aproxima otra crisis financiera. Así que si en medio de estas voces “informadas” surgen estos movimientos de indignados, se estaría confirmando que los modelos económicos que funcionan en el papel, no funcionan en la realidad.

 

Crecí aprendiendo que si jugabas siguiendo las reglas, el sistema era benéfico aunque no necesariamente justo. La filosofía del dejar hacer, dejar pasar para vivir relativamente cómodo y tranquilo, sin meterte mucho y sin que se metieran mucho contigo.  Así que llegué a la edad adulta siendo buena clase media, obediente, y jugando con las reglas, sin involucrarme en esos movimientos “extremistas” y “radicales” que han estado denunciando un juego que no funciona, al menos no para la gran mayoría.

 

Hoy me reconozco rehén de un sistema financiero que no me presenta posibilidades, de un sistema político que no nada más no escucha mi voz, sino que, sospecho, está haciendo un uso político de la violencia y del miedo a cambio de votos, de políticas económicas que no pasan del papel porque a la hora de hacerlas funcionar no existe ni voluntad ni conocimiento suficiente.

 

No sé cómo cambiar el juego y tampoco sé si existe alguno que realmente funcione (ni  el comunismo ni el socialismo lo han hecho). Solo sé que necesitamos un cambio y que éste no va a venir de arriba.

 

Quizá no hay nada que ganar, pero hay poco que perder, así que por lo mucho, poco o nada que valga, me declaro también una indignada.

 

B.