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Categoría: Bárbara Amaro
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Estoy llorando de rabia.

 

Se acaba de propagar fuertemente el rumor de que estaban desalojando las escuelas por amenazas de ataques del crimen organizado. Era descabellado pensar en una evacuación frente a un ataque, pero mientras buscaba más información por unos minutos dejé que el miedo invadiera mis sentidos. Es solo un rumor que bien analizado es absurdo e incoherente, solo un llamado a generar mayor inestabilidad.

 

Pero nos estamos dejando guiar por rumores, por las amenazas y por el miedo irracional.

 

No creemos en el gobierno, ni en las instituciones porque aseguramos que están ocultando la verdad y dejamos que sea el crimen organizado el que nos diga que hacer, como actuar y que pensar y los peor es que hacemos lo que quieren y no nos damos cuenta de que solo estamos siendo manipulados.

 

No creemos en las autoridades, no importa el nivel de gobierno, ni su color, y lo que unos dicen de Duarte, otros dicen de Calderón, que mienten, que ocultan la verdad.

 

Y pasa un convoy del ejército y temblamos de miedo porque nos están manipulando para sentir miedo de los que dan la vida por proteger a nuestros hijos en las escuelas y preferimos creer en quien les vende la droga.

 

Ya sé, parece comercial del gobierno federal, pero solo es mi punto de vista, lo que veo metida en esta vorágine de habladurías, de reacciones intempestivas e imprudentes, en este caos que está generando el miedo y que no nos deja ver con claridad la realidad ni actuar en consecuencia.

 

De adolescente viví en Bogotá, Colombia, cuando la inseguridad estaba creciendo y donde los simulacros de evacuación, además de por caso de incendio, eran por si la guerrilla tomaba el colegio. La primera vez que lo oí me impactó, pero no a mis compañeros que habían aprendido que la guerrilla era un problema real, que era improbable, pero que podían tomar la escuela y que teníamos que saberlo y estar preparados. Y no dejaron que el miedo dominara sus vidas ni rigiera sus destinos y por eso, finalizados los simulacros regresábamos al salón de clases a seguir durmiendo en filosofía o a picarnos los ojos en matemáticas. Está de más decir que la guerrilla nunca tomó el colegio.

 

El que los rumores ganen a la coherencia y a la racionalidad es indicativo de que el miedo está ganando, de que nuestras vidas están siendo dirigidas por un puñado de personas que distribuyen drogas, que ajustan cuentas matando a cuantas personas sea necesario, que no valoran la vida humana, ni siquiera la propia.

 

Y por el otro lado la clase política está rebasada, demeritada. Tanto dividieron que hoy perdieron y muchos ni se han dado cuenta y tristemente siguen generando odio entre los mexicanos y descrédito con sus arengas desde las tribunas.

 

Lamentablemente la violencia es cíclica. Nuestros abuelos y bisabuelos vivieron la Revolución, y algunos, los que llegaron de Europa, guerras civiles y la Segunda Guerra Mundial. Aprendieron a convivir con esa situación sabiendo que todo es pasajero y ahora nos toca aprender a nosotros y enseñar a nuestros hijos a convivir con la situación, lo que significa no actuar histéricamente ni dejarnos dominar por el miedo irracional.

 

Así que me limpio las lágrimas y decido que el miedo no dirige mi vida y sigo trabajando por mí, por mi familia y por un México de paz.

 

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