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Categoría: Bárbara Amaro
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Vivo en una ciudad en donde la violencia va en aumento. Lamentablemente no es algo que defina una u otra ciudad, sino que ya es algo generalizado en muchas ciudades de México. Ya no es solo Juárez.

 

Y cuando solo era Juárez cerramos los ojos para no ver el dolor ajeno y por eso no leímos las señales que nos decían que estábamos entregando nuestra ciudad a la delincuencia.

 

La violencia ya nos alcanzó. Ya vinieron por nosotros, pero como no hicimos nada cuando fueron por los otros, ya no hay quien se una a nuestro grito de auxilio.

 

¿Y qué hacemos? Repartimos culpables: el presidente, el gobernador, la policía, el ejército, los partidos políticos, el mal gobierno, la pobreza, la ignorancia. Es más fácil así, ser solo víctimas.

 

La violencia es eL tema de conversación, el “rompehielos” social, la lucha por ver quien es el que cuente la historia de violencia más terrorífica o que conozca más amigos del muerto de ayer, o que critique más al gobierno.

 

Hay un clamor generalizado de que los medios no dicen nada, que no nos dan los detalles morbosos de cada “operativo”, de cada bala perdida, de cada asesinato. No nos hablan de las personas que murieron, ni describen la dramática vida de la pobre mujer abnegada que solo fue a la cantina a comprar la cerveza al marido y que resultó muerta en medio de la trifulca entre bandas.

 

Llenamos de miedo a nuestros hijos que con los ojos muy abiertos nos oyen hablar de estos temas con lo que los invitamos a participar de la angustia y de la violencia.

 

Si, de la violencia porque en medio de nuestras pláticas maldecimos y mentamos madres a diestra y siniestra y generamos más odio hacia el gobierno, hacia los políticos, hacia la policía, hacia los soldados, hacia México.

 

Eso si, nadie habla de los narcotraficantes. Se les llama los “malosos” y en voz bajita por miedo a que tomen venganza y de un tiro de gracia acaben con sueños y esperanzas.

 

Tampoco hablamos de los drogadictos que mantienen el negocio de los “malosos” y avivan la llama de la violencia y nadie reconoce en voz alta que mientras haya adictos a las drogas seguirá el narcotráfico y con ello la violencia. Y no hablamos de ellos porque muchos son nuestros vecinos, o ahijados o compañeros del colegio de nuestros hijos.

 

Y no hablamos tampoco de nuestra responsabilidad cuando en las fiestas de los adolescentes servimos alcohol para animar la reunión, o cuando soltamos permisos y dinero a nuestros hijos para que no molesten, porque eso es más fácil que educar.

 

Tampoco hablamos de las componendas de nuestra empresa con el gobierno por unos pesos más, ni de la mordida que se le dio al oficial de tránsito por pasarnos la luz roja, ni de que no pagamos el seguro social de la muchacha de servicio, que dicho sea de paso, es una excelente trabajadora que por el sueldo mínimo y un plato de frijoles se levanta con el sol y se duerme pasada la medianoche.

 

Ni hablamos de nuestra responsabilidad al ir incumpliendo las pequeñas reglas de convivencia social como no tirar basura en la calle, no estacionarnos en doble fila, respetar el sitio de discapacitados en los estacionamientos, no colarnos en la fila del cine.

 

Y todos conocemos la “teoría de las ventanas rotas”, pero no hemos querido ver que también nosotros las rompimos y que no estamos haciendo nada por repararlas.

 

No estoy eximiendo de responsabilidad ni a los gobernantes, ni a las policías ni al ejército, solo pido que tomemos nuestra parte de responsabilidad y empecemos a generar acciones de cambio, esas que cada domingo discutimos y proponemos en el comedor de casa de los suegros después de una copiosa comida y que pueden empezar por algo muy sencillo como el respeto a nosotros mismos y hacia los demás.

 

Esto es lo que México necesita.

 

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