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Categoría: Bárbara Amaro
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En el mes de mayo en muchos países se festeja a las madres. A todas las madres, tanto a las que la literatura nos presenta como abnegadas, sumisas y sacrificadas y a las madres, como la de mi hijo, gritonas, apasionadas, a ratos locas  y a veces, solo a veces, mandonas.

 

Generalmente se recuerda a las madres desde el inicio de la vida y el sacrificio que fue llevar en el vientre durante nueve meses una nueva vida y las múltiples molestias de ello, desde la nausea matutina hasta los terribles dolores de parto que algunas madres no olvidan y que en cada reprimenda se encargan de hacérselo saber a sus hijos.

 

Pero hoy quiero recordar a las madres que esperaron a sus hijos más de nueve meses, muchas veces, años; que si bien no sufrieron dolor de parto, padecieron mensualmente dolor con tratamientos invasivos, inyecciones diarias y análisis un tanto vejatorios; que cada mes lloraron la desilusión de no ver su sueño materializado y que pensaban que la maternidad no era para ellas, pero que nunca se dieron por vencidas y que, posiblemente después de muchos intentos, se decidieron por el amor más que por la genética, y decidieron hacer familia de una otra manera, mediante la adopción.

 

A las madres que aunque el mundo les decía que adoptar era un proceso casi imposible en México, quisieron averiguarlo para comprobar que aunque es un trámite largo, no es ni exclusivo de los ricos, ni imposible, y que abrieron las puertas de sus vidas para que un psicólogo estudiara sus cabezas y sus emociones y un trabajador social analizara su estilo de vida para que al final un juez les diera el visto bueno como madres.

 

A esas madres que decidieron esperar el tiempo que hiciera falta para recibir en sus vidas, con el corazón anhelante y los brazos llenos de amor, a su hijo, no a cualquiera, sino al hijo que las escoge para realizarse en este mundo.

 

A las madres que han sabido agradecer a las otras madres, las que decidieron llevar esa vida en sus vientres nueve meses para entregarles la vida, el regalo más precioso, en lugar de irse por la fácil y abortarlos.

 

Y sobretodo, a las madres que sabiendo que son muchas las familias que esperan hacer familia mediante la adopción, han dedicado a hacer de su misión de vida la labor de reunir a esas familias, luchando muchas veces contra la corriente y contra las opiniones que las tachan de atentar contra los derechos de la mujer al presentar a esas mujeres jóvenes, muchas veces desesperadas, opciones diferentes al aborto.

 

Porque la adopción es eso, una opción, una que muchas veces llega después de los tratamientos médicos que cuestan lágrimas, dinero y esperanzas, pero que cuando toca la puerta de las parejas, pese a la larga espera y a los tediosos trámites, se convierte en la maravillosa manera de hacer familia, porque si bien no define ni a los padres que adoptan ni al hijo que es adoptado, teje los destinos de muchas personas de una forma milagrosa.

 

A Ana, Nancy, Carolina, Laura, Liliana, Claudia y todas las mamás adoptivas, a Marilú que ha dedicado su vida a reunir familias y a todas las madres que trabajan con ella, a la madre biológica de Juan Pablo, y a todas las mujeres que están en el proceso de espera, muy feliz mes de las madres.

 

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