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Categoría: Bárbara Amaro
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Don Canelo es el señor que pasa por mi casa cada noche ofreciendo elotes con un característico grito acompañado del repicar de la clásica campanita de bicicleta. Compremos o no, Canito, mi perro, se encarga de hacernos notar que don Canelo se acerca porque empieza a ladrar.

 

Mientras nos prepara los esquites, uno de $15 y el otro de $20, el de $15 con poco chile, nos hace conversación. Fue así como nos enteramos de lo caro que estaban los limones o que su papá falleció hace dos semanas, en el estado de Puebla.

 

También nos avisó que durante el Carnaval, a principios de marzo, no va a pasar por acá porque va a aprovechar la afluencia de turismo para vender mejor sus elotes, y es que aunque los restauranteros y hoteleros de altos vuelos en Veracruz hablen desdeñosamente del turismo de “horchata” que visita esos días el Puerto, es una derrama importante de recursos para gente como don Canelo.

 

Esos eran sus planes hasta que el viernes pasado nos informó cabizbajo que el municipio está cobrando la licencia para vender elotes durante el Carnaval en más de $3,000 pesos, cuando el año pasado, con otra administración, cobraban alrededor de $1,500. “Pretenden que uno trabaje para ellos. Así no le gano casi nada” nos dijo mientras se alejaba pedaleando su bicicleta promocionando sus “eloooteeees”. Su frustración era mucha, y con razón, porque se trata de una época importante de negocio.

 

Si don Canelo paga los más de 3,000 pesos por la licencia, tendrá que doblar el precio de sus elotes para obtener una ganancia, con el riesgo de que no se los compren o de que los visitantes se quejen de lo elevado de los precios y mejor el año próximo ya no vengan. Parecen ser escenarios que las autoridades municipales en su avidez de recursos parecen no vislumbrar.

 

Hay una historia reciente que valdría la pena recordar a los funcionarios no solo de los municipios de Veracruz o Boca del Río, sino de todo México, de todo el mundo. Se trata de la historia de Mohamed Bouaziz, un joven tunecino que rebasado por el desempleo decidió vender frutas en un puesto ambulante para sostener a su familia, actividad frustrada por las autoridades de su ciudad porque, al carecer de los caros permisos para operar el puesto, se lo retiraron y con ello su fuente de ingresos. Llevado por la desesperación del encarecimiento de los alimentos y la imposibilidad de pagar por ellos, se inmoló frente al ayuntamiento de su ciudad ocasionando con su muerte, ocurrida el 6 de enero, una serie de revueltas sociales que llevaron a la caída del régimen del presidente de Túnez, Zine Al Abidine Ben Alí. La historia en Túnez sirvió para que otro presidente cayera, Hosni Mubarak de Egipto, y para que más revueltas sociales ocurrieran en diferentes países como Libia, Yemen, Bahrein, Jordania y los que se vayan agregando a la lista.

 

Para fortuna de los funcionarios mexicanos, México no es Túnez y dudo mucho que don Canelo o alguno de sus colegas se inmole en el zócalo veracruzano mientras toca la marimba, pero es de sabios saber hasta donde se corre el nudo para que apriete, pero no ahorque. (Aunque claro, según el secretario de Hacienda, Ernesto Cordero, todo esto es pura exageración porque si un sueldo de $6,000 pesos mensuales da para casa, coche y colegiaturas, debe alcanzar hasta para pagar un permiso para vender elotes en el Carnaval).

 

Nota aclaratoria: Por aquello del miedo a las represalias, don Canelo pidio usar este alias para proteger su identidad. 

 

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