La semana pasada escuché a una persona que dijo que el bullying es un fenómeno nuevo en México, recientemente importado de Estados Unidos y producto de los programas de televisión.

 

Por mi experiencia personal, puedo asegurar que no se trata de un fenómeno nuevo y que el acoso escolar ha existido hace años, al menos desde la década de los 70 en que asistí a la primaria, cuando las “divinas” ya existían, quizá con otro nombre, y los niños que amedrentan a otros también deambulaban ya por las escuelas de México. Lo que sucede es que le hemos dado un nombre, que sí es importado, y se ha empezado a estudiar el fenómeno porque se ha hecho más grave.

 

El fenómeno se ha agravado debido a la tecnología que permite nuevas formas de acoso. No hace mucho una compañera de mi hijo subió a su página de Facebook, que cualquiera puede revisar porque ni siquiera ha protegido sus datos, una foto de otra compañera a quien no nada más se le veían los calzones sino la parte donde la espalda pierde su nombre, haciendo burla de esta niña. Como resultado de la acción la niña burlada se cambió de colegio y la bully, quien no terminó de entender  que había cometido una seria indiscreción, solo fue suspendida un par de días. ¿Es justo? Sin duda para la niña cuya fotografía circuló por la escuela y por la ciudad, no hubo justicia en su caso porque la que tuvo que esconder la cabeza fue ella y no la acosadora.

 

El caso que relato es nada comparado con el tipo de acoso que han sufrido niños y adolescentes que los ha llevado al suicidio o a tratar de tomar justicia por su propia mano con una pistola, casos extremos que han sucedido en otros países y que afortunadamente hasta el momento no se han reportado en nuestro país.

 

Nadie discute que el bullying lastima no solo físicamente a los niños, sino también su honor y dignidad, lo cual es gravísimo. Pero esos actos son cometidos por otros niños ya que el bulliying se define como los actos de molestia cometidas entre iguales, es decir, entre compañeros.

 

Y como es de un niño hacia otro no podemos pretender fincar una responsabilidad penal en el niño, salvo que se trate de un mayor de 14 años, edad en que en México los niños pueden ser procesados como adolescentes, bajo reglas especiales.

 

Se han hecho esfuerzos por controlar este creciente problema en las escuelas, incluso mediante leyes que son preventivas ya que indican obligaciones de los padres, maestros e instituciones e insisten en la necesidad de capacitar los maestros para detectar estas situaciones de acoso, denunciarlas y tratar de ponerles fin.

 

Pero a la hora de la verdad no hay más ley que los reglamentos escolares que deben ser aplicados con rigor al momento de sancionar las conductas de acoso que se detecten.

 

Pero la responsabilidad última de que no existan víctimas de bullying ni victimarios, que a la larga terminan siendo también víctimas, es de los padres, pues la obligación de educar no es de la escuela, sino de nosotros. Así que hay que resistir la tentación de tratar de vivir la vida dejando hacer y dejando pasar, con hijos que crecen de manera silvestre y comprometernos con ellos como corresponde. A final de cuentas ellos no pidieron venir al mundo, nosotros lo escogimos y el compromiso es apenas lo justo.