La filtración de documentos del Departamento de Estado de los Estados Unidos por Wikileaks, fundada por Julian Assange, está poniendo de manifiesto asuntos más graves que las opiniones de Estados Unidos sobre las fiestas salvajes de Silvio Berlusconi o la salud mental de Cristina Fernández.

 

Para nadie es secreto que Estados Unidos lleva a cabo labores de espionaje en todo el mundo como tampoco lo es que han tenido injerencia en los acontecimientos del mundo moderno como golpes de estado en diversos países, muchos de ellos latinoamericanos. Y tampoco debía ser secreto que a través del poder económico y político manipulan al mundo y la opinión pública.

 

Pero como nunca antes lo habíamos atestiguado hoy vemos y palpamos en casi todo su esplendor esa labor de inteligencia y espionaje y sobretodo, de manipulación.

 

La pregunta que está en la cabeza de todos es como países supuestamente independientes y, sobretodo, neutrales e imparciales, como Suecia y Suiza, han hecho girar sus maquinarias en contra de Julian Assange de manera pronta y expedita, quien es requerido por la justicia mundial por delitos sexuales. ¿Cuándo el mundo se había movido de esta manera, congelando cuentas y tratando de aislar a un supuesto violador mientras violentos narcotraficantes, terroristas y homicidas siguen moviéndose en absoluta  libertad?

 

¿Y qué decir del comportamiento de muchos en Internet quienes supuestamente defienden la libre movilidad de información y opiniones como Amazon o Twitter y que terminaron cediendo a la mínima presión para proteger sus intereses económicos? ¿Qué hay de PayPal, MasterCard y Visa? ¿Y de los “neutrales” y “honestos” bancos suizos?

 

Con el affaire Assange Estados Unidos está perdiendo su toque de discreción y secretismo en sus operaciones y se está moviendo de manera tan burda y torpe que es evidente para el mundo que tras la justicia sueca y la justicia británica, están los intereses económicos y políticos de un país que condena la censura en China, la represión en Irak e Irán, las operaciones de espionaje y ataques de Corea del Norte, la falta de libertad de expresión y derecho a la información en Cuba, la falta de sistemas judiciales apegados a leyes justas y transparentes en América Latina, África y Asia, y que hoy está haciendo a la luz pública todo lo que condena con su dedo acusador.

 

Quizá toda esta maquinaria termine callando a Assange a través de la “justicia” o del dinero, no lo sé. Lo cierto es que pasará a la historia como el David que enfrentó a Goliat y que ha empezado a mover otro poder frente al poder, el de los hackers que en esta época tecnológica son más temibles que Osama bin Laden, a quien, sorprendentemente no han podido (o querido) detener.