Con las decisiones que tuvieron que tomar los ministros de la Corte respecto del matrimonio entre homosexuales y la adopción de niños por parte de estos matrimonios, los mexicanos hemos tenido que ejercer un valor que no nos queda fácil practicar y que se llama tolerancia.

 

Desafortunadamente hemos sido testigos de los más ácidos comentarios de un lado y otro, porque si no apoyas el matrimonio homosexual eres retrógrada y cavernario y si lo apoyas eres pecador y hasta corrupto, según insinuaciones que hizo el obispo Sandoval Iñiguez.

 

Y de la intolerancia que manifestamos respecto de las opiniones contrarias a las nuestras, nos movemos hacia la división de la sociedad entre pecadores y santos, librepensadores y retrógradas, azules y rojos (o amarillos) y, la historia conocida por nuestro pasado, la división entre liberales y conservadores.

 

Decir que la intolerancia y la discriminación y por ende la división, es mal del siglo XXI en México sería faltar a la verdad. Nuestra historia como nación, desde la Conquista misma, es la historia de la intolerancia y la división: tlaxcaltecas contra aztecas, criollos contra indígenas, indígenas contra negros, liberales contra conservadores, revolucionarios contra catrines, en fin, mexicanos contra mexicanos.

 

Dicen que una nación que no aprende de su pasado no evoluciona, y en México eso nos está pasando. Estamos estancados porque no hemos aprendido lecciones pasadas en donde una y otra vez el común denominador de la derrota, de la pobreza, de la marginación, de la falta de libertad, es la intolerancia que nos lleva a luchar unos contra los otros, porque no conocemos el respeto por las opiniones ajenas y preferimos morir en la lucha que aprender a vivir en paz con opiniones diferentes.

 

El verdadero cambio se dará en México cuando tengamos el valor suficiente de respetar las opiniones contrarias, de respetar la opinión de la mayoría y de aprender que no se construye a partir de las diferencias, sino de las coincidencias porque solo así podremos evolucionar como nación y como personas.

 

Cuando hagamos nuestra esa frase que dice que puedo no estar de acuerdo con lo que dices pero estoy dispuesto a morir por defender tu derecho a decirlo, entonces México podrá ser ese país que queremos legar al mundo.

 

Un proceso que no admite culpar a otros o dejarle la chamba al gobierno. Nos toca a todos, ateos, cristianos, católicos, indígenas, inmigrantes, homosexuales, heterosexuales, bisexuales, hombres, mujeres, analfabetas, intelectuales, nacos, darketos, emos, fresas, ricos, pobres, jóvenes, viejos, capitalinos, provincianos, rojos, amarillos, verdes, azules… porque sobre esas diferencias, todos somos mexicanos.