Recientemente leí que en Nueva York una mujer de 37 años, madre soltera de un niño autista de 12, tomó la difícil decisión de matar a su hijo para luego suicidarse. De acuerdo con su nota de suicidio se disculpó por los hechos, pero declaró que tomaba la decisión sobrepasada por la responsabilidad del niño y los cuidados que requería.

 

No es este el único caso que se ha presentado de madres que deciden matar a sus hijos  discapacitados. Ya en la Gran Bretaña se había abierto el debate tras el caso de una mujer que mató a su hijo con un severo daño cerebral y que declaró que lo había hecho por considerar que era lo mejor para su hijo y para ella.

 

Este tipo de homicidios a los que hoy me refiero son cometidos por madres, generalmente solteras, de escasos recursos y sin una ayuda permanente de sus familiares o padres de los niños. 

 

Se trata de mujeres que no pueden mantener un empleo por mucho tiempo porque la condición del niño la obliga a ausentarse frecuentemente del trabajo, debido a lo cual su situación económica es cada vez más deplorable, con un estado físico debilitado por la constante falta de sueño, además del esfuerzo que les supone sostener el peso corporal de sus criaturas para bañarlos, vestirlos y transportarlos como si fueran eternos bebés de 12, 20, 30 y más kilogramos.

 

Bajo esta perspectiva no es difícil imaginarse que se trata de mujeres con una enorme fortaleza, pero que eventualmente terminan sucumbiendo en las garras de la depresión porque están constantemente cansadas y agobiadas, sin poder soñar con un mejor futuro ni para sus hijos ni para ellas.

 

Y sin embargo, cometen homicidio y son castigadas por ello.

 

Son esos casos en donde se hace mucho más difícil tomar postura y levantar el dedo juzgador y emitir sentencia. ¿Es un acto de amor hacia el hijo o de egoísmo? ¿Se debe condenar a la madre por ser egoísta y querer tener una vida? ¿Se vale quitar la vida a un hijo que no tiene posibilidades de recuperación?

 

Es un tema que trae a colación la eutanasia, ya que si se está a favor de esta práctica, entonces no se ve reprobable que la madre cometa el homicidio, pero ¿no debería ser una decisión tomada solo por la persona que va a morir? Y de ser aceptada la eutanasia en estos casos, tendría que estar regulada por leyes que establecieran a su vez el mecanismo “adecuado” para quitar la vida y lograr una “muerte digna”.  Porque la diferencia entre un homicidio y la eutanasia solo está en la existencia de una ley.

 

Quizá la solución no esté en el congreso ni en las discusiones entre posturas liberales y conservadoras respecto de la vida. Quizá la solución se más simple y radique en escuchar los silenciosos gritos de auxilio de estas madres y brindarles la ayuda y protección que requieren. Quizá solo se trate de prevenir y no de llegar tarde a castigar. Quizá de eso se trate la solución a la mayoría de los grandes problemas sociales de la actualidad.