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Categoría: Bárbara Amaro
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La semana pasada el tema del perdón adquirió relevancia tras cumplirse la sentencia de la Comisión Interamericana de los Derechos Humanos, CIDH, en la que condenó al gobierno colombiano a pedir perdón por el homicidio de Manuel Cepeda, un senador comunista, hace 16 años. Fue el hijo del finado senador quien estuvo tras la demanda que busca resarcir la memoria de su padre, acusado por algunos sectores en su país de haber contribuido con la violencia.

 

En cumplimiento de la sentencia, el presidente colombiano Álvaro Uribe pidió perdón a nombre del estado colombiano.

 

Un perdón que, sin embargo, estuvo seguido de una reprimenda para el hijo de Cepeda y sus seguidores, y en donde señalaba que el odio con el que se ha manejado el caso supone un maltrato injusto a la honra de los gobiernos y señaló que es tan grave el crimen físico como el moral, aludiendo a la demanda que pone en entredicho al estado colombiano. Y añadió: "Yo no entiendo que se pueda exigir pedir perdón en nombre del odio. Algunos llenos de odio dicen: exigimos que nos pidan perdón. No. Es que el perdón es algo del alma, algo humanitario".

 

¿Es el perdón algo humanitario?

 

Es humano porque es solicitado y entregado por personas humanas, pero no siempre se trata de un acto humanitario, de un acto del alma como dice el presidente Uribe.

 

Desde el punto de vista espiritual, nos dicen que el perdón viene del alma, sea lo que sea que ésta sea y que para pedirlo y recibirlo se debe tener un “corazón puro”, pero el perdón espiritual, ese del que hablan los líderes religiosos, no parece ser el perdón jurídico, que es el perdón social.

 

Frente a los tribunales casi siempre se exige perdón desde el enojo y el rencor, porque es una manera de humillar al adversario quien debe reconocer públicamente que cometió un error, y aunque errar es de humanos, cuando es el otro el que se equivoca, es un deleite señalarlo públicamente por ello.

 

Y pese a las buenas intenciones que los jueces pueden tener cuando condenan a alguien a pedir perdón no podemos pretender que para que sea válido, el demandante exija el perdón “de corazón” ni tampoco que el condenado lo ofrezca humildemente y desde el alma.

 

Tras el perdón que ofreció el estado colombiano por boca de su presidente mucho se ha debatido si en realidad sabemos pedir perdón y se ha puesto en tela de juicio si existe una cultura del perdón.

 

Posiblemente la cultura del perdón es esta, un perdón que encierra muchas veces soberbia de parte de quien lo solicita, rencor de parte de quien lo entrega, que está muchas veces lleno de hipocresía y que no lava automáticamente los errores ni restituye las honras perdidas, pero que por algunos minutos hace sentir muy bien al ofendido y quizá le restituye en algo su autoestima.

 

Ya si la persona lo hace de corazón o con odio y ese perdón lleva al cielo o condena al alma al fuego eterno, es un asunto íntimo, muy personal. Jurídicamente, con el perdón ofrecido el daño queda resarcido y se puede dar la vuelta a la página.

 

 

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