Persona durmiendo una siesta

 

Ring, ring. Son las siete de la mañana de domingo. La semana fue difícil con la carga de trabajo y el complicado tráfico de la ciudad, y la noche anterior te desvelaste viendo una película. Ring, ring. El teléfono sigue sonando. Con los ojos casi cerrados lo localizas y respondes tratando de ubicar en dónde estás y qué día es. “Hola, perdona, ¿te desperté?”, escuchas del otro lado sin saber todavía muy bien de quién se trata. “No, no te preocupes, ya me estaba levantando”. Es mentira, lo sabes, pero da mucha pena aceptar que sí, que estabas durmiendo.

¿Por qué nos avergüenza dormir? Es un acto no solo natural, sino indispensable para la salud presente y futura, no solo del cuerpo y de las facultades mentales, sino también emocional.

Una de las formas de tortura es la privación del sueño. ¿Alguna vez has tenido sueño, pero las circunstancias te impiden dormir? Recuerdo que siendo niña muchas veces lloré de sueño en medio de una fiesta de adultos con música y luces fuertes. “Duérmete en la silla”, me decían como si yo fuera muy intransigente por no querer dormir en una incómoda silla. No dejar dormir a una persona detenida es tortura, no dejar dormir a un niño es abuso infantil. Son dos casos en los que se reconoce lo que he llamado “el derecho” a dormir, sin embargo hay muchas personas a las que no se les reconoce tan fundamental necesidad fisiológica.

Antes de seguir debo aclarar la razón por la que he entrecomillado la palabra derecho. Actos tan naturales y necesarios para el sostenimiento de la vida no tendrían que ser vistos como un “derecho”, porque no tendrían que ser reconocidos para ser protegidos. Son parte de la existencia. Sin embargo, vivimos en un mundo tan abusivo que tenemos que reconocer que existe el derecho a dormir, a comer, a ir al baño, a vivir, para que se protejan frente a terceros.

Hecha la aclaración (que tal vez solo era importante hacerla para mí), retomo el tema. El derecho a dormir y al descanso no está reconocido a los policías ni a los guardias de seguridad. No solamente les pedimos que todos los días pongan en la raya sus vidas a cambio de unos cuantos pesos, sino que también sean supermujeres y superhombres que trabajen jornadas de 24 por 24, es decir, 24 horas de trabajo por 24 de descanso. Si hacemos las cuentas, estas jornadas, además de insalubres, por decir lo menos, están por encima de la jornada laboral legal. Sin embargo, iniciativas de ley para regular estas jornadas laborales han sido calladamente desechadas una y otra vez, quizá porque, bueno, son policías, con todas las connotaciones negativas que lamentablemente esta profesión tiene en nuestro país (hasta que los necesitamos para protegernos).

¿Otro caso? Los médicos residentes. Les exigimos que frente a una urgencia médica tomen la mejor decisión del tratamiento, pero ¿cómo pueden tener suficiente claridad de pensamiento al final de la tercera guardia de la semana de 36 horas?

En la Ley Federal del Trabajo se dedica un capítulo especial a los médicos residentes en período de adiestramiento en una especialidad, sin embargo, no se hace referencia a la duración de su jornada, salvo que incluye “los períodos para disfrutar de reposo e ingerir alimentos”.

En 2015 un estudiante de medicina inició una campaña para que se regulen estas jornadas y el tema llegó al Congreso de la Unión, pero en octubre de 2019 se desechó la iniciativa presentada para que las jornadas de los médicos residentes fueran reducidas. Así, en todos los hospitales nos siguen atendiendo médicos extenuados, con sus capacidades de razonamiento comprometidas por el cansancio.

¿A quién más le negamos el derecho a dormir? A todas las personas que viviendo en pobreza extrema no tienen en dónde hacerlo o que, viviendo bajo un techo de aluminio en alguna ladera, las noches de lluvia que a muchos nos arrullan, no puedan cerrar los ojos temerosos de no volver a abrirlos más que debajo del agua o del lodo. A ellos les negamos muchos más derechos, empezando por el de ser visibles.

Relacionado con el derecho a dormir está el derecho al descanso que, también, frecuentemente negamos a las personas, paradójicamente a quienes realizan extenuantes trabajos físicos como albañiles, personal doméstico, estibadores, cargadores. Sus jornadas están reguladas por la ley, pero los patrones no las cumplen porque saben que difícilmente su avidez a costa de la salud de sus trabajadores va a tener consecuencias.

Y seamos honestos, muchos de nosotros tampoco descansamos como es debido con largas jornadas laborales, más las horas que invertimos en los traslados a y desde el trabajo.

Cuando las personas estamos cansadas no ponemos tristes y enojadas, el pensamiento es difuso y no hay suficiente energía para regular la ansiedad. Según estudios, la privación de sueño por más de 24 horas genera en el cuerpo los mismos efectos que si el cuerpo presentara un índice de alcohol del 0.1%, cuando el límite legal es de 0.04%. Bajo estas circunstancias, cualquier motivo es suficiente para que todo ese malestar salga, porque el cansancio exacerba las reacciones agresivas.

No es noticia, todos en algún momento hemos experimentado ese malestar por el cansancio. Cuando la reacción es una mala respuesta que provoca en una discusión que no pasa de palabras, las consecuencias pueden no ser tan graves. Pero cuando esa reacción agresiva lleva a insultos, golpes o a sacar una pistola, está de más decir que las consecuencias son muy negativas y de muy largo plazo.

Una sociedad físicamente cansada es una sociedad emocional e intelectualmente cansada y las consecuencias de este cansancio las leemos todos los días en los periódicos con historias de violencia, aun en las mismas familias, de agresiones y de muy malas decisiones.

Es un absurdo, pero dormir se ha vuelto un privilegio para muchos, así que la próxima vez que un domingo suene el teléfono a las siete de mañana, no tengas pena de responder, “sí, estaba durmiendo”.

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