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Maletas en sala de espera

 

Antes de que el nuevo coronavirus hiciera su aparición en el mundo y nos pusiera en jaque, la decisión de viajar a otros países parecía ceñirse exclusivamente a considerar dos factores: dinero y tiempo.

La realidad es que viajar nunca ha sido una decisión tan simple como eso (como no es ninguna acción que realizamos). Cada vez que una persona sube a un avión, contamina y cuando llega a su destino, consume recursos de ese lugar que deberían estar destinados a los pobladores. Por ejemplo, California ha tenido problemas con el agua desde hace décadas y siempre ha pedido a sus visitantes que usen el recurso conscientemente, lo que muy pocos están dispuestos a hacer. Hawái tiene ahora ese mismo problema y los habitantes de Maui están suplicando a las personas que no los visiten y pidiendo a las aerolíneas que disminuyan la frecuencia de sus vuelos. El resultado es que siguen recibiendo muchos visitantes y las aerolíneas están haciendo oídos sordos a las peticiones.

Es cierto que el turismo es una industria muy importante que pasa a ser el modo de vida en muchos destinos, pero incluso en esos lugares se sabe que un exceso de visitantes puede traer más problemas que los beneficios por la derrama económica y sobre eso nos pueden explicar los venecianos y barcelonenses.

El (la) Covid-19 viene a ser un nuevo factor a tomar en cuenta al momento de planear un viaje. El riesgo de ser contagiado y de contagiar debería ser el factor más importante a tomarse en cuenta, pero, igual que el factor de la huella de carbono, parece ser que, pese a su importancia, al no ser tan visible, no es considerado como sí lo son las restricciones de entrada y salida de los destinos. ¿El presupuesto y el tiempo del que se dispone es suficiente para quince días de cuarentena al llegar? ¿Hay dinero suficiente para pagar los análisis y, en caso de enfermedad, la hospitalización? ¿Hay políticas de reembolso cuando las condiciones de viaje cambien repentinamente en el país de destino y ya no se puede viajar?

Un tema que viene a complicar esta decisión de viajar es el de las vacunas. Desde el inicio de la pandemia la esperanza del mundo se puso en el desarrollo de vacunas efectivas que inmunizaran a la mayoría de la población. En tiempo récord se desarrollaron esas vacunas en varios laboratorios del mundo y empezó la inmunización no sin problemas, obstáculos y cuestionamientos éticos.

La OMS pidió a los países desarrollados que no acapararan vacunas y que se creara un fondo para que los países con menos recursos económicos tuvieran acceso a ellas. Europa, Estados Unidos y otros cuantos países dijeron que sí, pero a la hora de la verdad acapararon vacunas e incluso se pelearon entre ellos y los laboratorios por el cumplimiento de contratos firmados muchos meses antes de que la primera vacuna estuviera lista.

La politización de la enfermedad causó estragos desde el principio con personas negándose a usar cubrebocas por razones políticas. Con la llegada de las vacunas la situación se agudizó y el movimiento antivacunas se reforzó impulsado también por una agenda política. El mundo supo que, si la posibilidad de inmunizar a todos era una linda utopía, la inmunización del 70 por ciento pasaba también a ser una ilusión de difícil realización.

Para tratar de convencer a las personas que se vacunen se han ideado mil estrategias, desde rifas semanales de un millón de dólares al obsequio de donas y otros alimentos. Ahora la ciudad de Nueva York está impulsando un “pase de vacunación”, según el cual solo los que estén vacunados podrán tener acceso a restaurantes, teatros y otros espectáculos, pero se trata de una propuesta que está siendo cuestionada por razones de privacidad de datos.

La prueba de vacunación también fue impuesta por la Unión Europea para permitir a visitantes externos en su territorio y en su afán de protección están estableciendo diferencias entre unos y otros aceptando solo las vacunas de cuatro laboratorios que han sido aprobados por ellos. En realidad, de tres laboratorios porque a AstraZeneca le han puesto un enorme asterisco ya que la vacuna Covishield de ese laboratorio, fabricada en la India, no tiene valor como sí lo tiene la que es fabricada en el Reino Unido.

¿La consecuencia de esta decisión? Que las clases pudientes de países en desarrollo se están negando a recibir vacunas que no sean de estos laboratorios por el temor de no poder viajar. Una vez más, el porcentaje de población que esperamos que sea inmunizado disminuye, esta vez por políticas proteccionistas malentendidas.

Los epidemiólogos deben estar desesperados tratando de hacer entender a los políticos que las consecuencias de estas decisiones nos afectan a todos y retrasan el acariciado sueño de volver a “la normalidad”, una meta, quizá, irrealizable. Tampoco han podido hacernos entender que rechazar la vacuna por las razones que sean es una decisión irresponsable y carente de ética.

Sigo creyendo que el Covid-19 nos dio la oportunidad de ser mejores seres humanos para empezar a resolver otros problemas apremiantes como el calentamiento global, pero al ser incapaces, como individuos y naciones de anteponer el bien mayor al bien individual, hemos dejado pasar esta maravillosa oportunidad. ¿Qué queda? Planes de mitigación porque, así como vamos, las metas trazadas en contra de la enfermedad (o el cambio climático), no las vamos a lograr.

Bárbara Amaro

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