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Trabajadores de la construcción

 

Mi papá decía que el trabajo es tan malo que hasta pagan por hacerlo. Yo contraargumentaba que el trabajo dignifica como me lo enseñaron en la escuela católica. Ora et labora, es el lema de los monjes benedictinos, ofrecer el trabajo diario, encontrar que en ese trabajo somos dignos a los ojos de Dios. Ahora me pregunto si es verdad que el trabajo dignifica.

Podemos empezar por preguntar qué trabajo es dignificante. Quienes viven bajo la premisa anterior responden que todos y que depende de la actitud con la que cada uno enfrente su trabajo, pero tengo la sensación de que quienes responden así, yo en el pasado, no han pasado un día montados en un camión de basura recogiendo y oliendo los desperdicios ajenos. No hemos hecho los muchos trabajos que se hacen porque alguien los debe hacer, pero que no dignifican ni los dignificamos.

Por ejemplo, hace unos años Jens Stoltenberg, el entonces primer ministro de Noruega, salió todo un día a manejar un taxi para escuchar directamente de los ciudadanos las opiniones sobre su gobierno. Al terminar el día una pasajera se quejó de dolor en las cervicales por lo mal que manejó el político quien reconoció que llevaba años sin manejar porque su puesto le concedía el privilegio de un chofer. Quizá al terminar el día el primer ministro agradeció su privilegio y no tener que hacer el trabajo que millones de personas hacen en todo el mundo enfrentándose a tráfico, contaminación y mucho, mucho estrés. ¿Te imaginas manejando un colectivo, haciendo la misma ruta todo el día, todos los días, arrancando y frenando, lidiando con otros conductores igual de cansados y con pasajeros malhumorados? No debe ser un trabajo fácil y tampoco ayudamos a hacerlo muy digno cuando los insultamos.

Con la apertura de las economías que estuvieron muy cerradas por el peligro de contagio de Covid-19, se está presentando un fenómeno en el primer mundo que algunos economistas empiezan a llamar “la Gran Renuncia”. Se trata de la renuncia de empleados que tradicionalmente han sido maltratados con condiciones de trabajo inestables, muchos bajo contratos conocidos como de cero horas, sin derecho a días por enfermedad o vacaciones ni incluso a un horario fijo. Las malas condiciones laborales no son nuevas, pero sí la actitud de estos trabajadores que ya están cansados de haber sido maltratados por sus patrones (y, de paso, por muchos de los clientes), particularmente cuando durante la pandemia trabajaron y se les reconoció como “trabajadores de primera línea”, pero ni siquiera se les dio preferencia para ser vacunados. Así, en Nebraska, Estados Unidos, todos los empleados de un restaurante de Burger King renunciaron porque trabajan sin aire acondicionado, con poco personal y en jornadas de trabajo semanales de 60 horas. Posiblemente se trate de políticas de Burger King porque en España también están enfrentando problemas con los empleados, pero poniendo sus barbas a remojar otras empresas semejantes como McDonald’s o Walmart subieron el salario mínimo para tratar de compensar la inestabilidad laboral.

¿El trabajo dignifica? Es cierto que cada uno debe tratar de hacer que su vida, y su trabajo, tenga sentido, pero no es posible que sigamos tratando a muchas personas como si sus vidas no fueran importantes y fueran desechables, con horarios de trabajo extenuantes, mala paga y peores prestaciones mientras los patrones ven que sus ganancias aumentan. No es posible que mientras muchos de estos trabajadores tienen que buscar dos y hasta tres trabajos para sobrevivir, los altos ejecutivos de esas corporaciones tengan el dilema de si gastan el millonario bono de ese año en un yate o un avión o, incluso, en un viajecito al espacio. Y es que este tema de la Gran Renuncia no solo se refiere a los trabajadores en la parte más baja del tótem, sino incluso a empleados de empresas como Microsoft que tradicionalmente se ven como codiciados lugares de trabajo.

Algunos apostaban que en medio de la pandemia que ha supuesto el despido de muchas personas, todos estaríamos dispuestos a trabajar en lo que sea bajo condiciones deplorables, pero está ocurriendo el fenómeno contrario y hay que prestar atención a esto. La gente ya no está dispuesta a aceptar trabajos que solo “dignifican” los bolsillos de los jefes y están exigiendo no solo un mejor trato, sino el reconocimiento de que son seres humanos. Es momento de que todos nos reconozcamos como tales y dejemos de infringir sufrimiento a los otros y a empezar, por lo menos, a tratarnos con amabilidad. Quizá solo así podamos empezar a hablar no de dignidad, pero de respeto.

Bárbara Amaro

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