Crucifijo en escuela

 

Escuché una entrevista que le hicieron a Maryam Namazie del Consejo de Ex musulmanes y defensora de los derechos humanos en una amplitud que, en verdad, no había considerado antes.

Para esta activista, defender religiones que niegan derechos a las mujeres y minorías (todas) y promueven la inequidad es equivocado, lo que significa acotar mucho lo que entendemos como la libertad de culto, un derecho que dice, quizá justamente, debe ser una decisión privada de las personas que no debe salir a la esfera púbica porque al hacerlo colisiona con los demás derechos.

Cuando escuché esta idea sentí rechazo. ¿Cómo no proteger la libertad de las mujeres que deciden usar velo islámico y profesar su religión? ¿Cómo no defender el derecho de una mujer que decide seguir asistiendo a misa pese a que es señalada por estar viviendo con otro hombre siendo divorciada? Finalmente son decisiones personales ¿no?

No creo en Dios (con mayúscula no porque exista sino porque es nombre propio). Dejé de creer hace varios años y al abandonar esta idea abandoné la religión en la que me eduqué, el catolicismo (sabiendo que por esta decisión voy a arder en el infierno). Con la distancia de los años me doy cuenta de que incluso ahora muchas de mis ideas están permeadas por esas creencias que me enseñaron de niña en el colegio.

Siendo creyentes, pero no practicantes, mis padres decidieron inscribirnos a mi hermana y a mi en una escuela católica del Opus Dei. Ahí aprendí a rezar diariamente tres Avemarías, uno por mi pureza, otro por la pureza de mi madre y otro por la pureza de todas las mujeres; aprendí que de la menstruación (que es impura) no se habla con nadie porque es un tema íntimo y como es la consecuencia del castigo divino al pecado de Eva de “parir con dolor”, uno se aguanta la incomodidad; que el dolor no es tan grave y si lo es, se sobrelleva en silencio ofreciéndolo a Jesús por el perdón de los pecados del mundo. Y así aprendí a aguantar fuertes dolores y a callar e incluso aprendí a negarme en esa comunidad donde mi objetivo único era ser esposa y madre. Aprendí que las mujeres jugamos el papel que Dios nos asignó en la creación y eso es derecho natural.

Muchos años después de haber dejado estas creencias he podido empezar a detectar (lo que antes no podía) el sutil lenguaje machista, a entender la lucha feminista que no es “terrorista” como algunos la califican, sino apenas justa. He aprendido a respetar los derechos de todos aunque muchos de esos “todos” sean calificados de pecadores por amar de una forma diferente a la “que Dios manda”. Y sin embargo, de la menstruación no hablo y sigo siendo muy prejuiciosa con el largo de las faldas o lo profundo de un escote.

¿Se elige libremente ser menos que un hombre? ¿Quiénes nos educamos en una religión en verdad elegimos sufrir en silencio para ganar el cielo? ¿Es una decisión libre e informada o es la imposición de ideas que han prevalecido durante miles de años (miles contando que el cristianismo es una religión abrahámica) y que ni siquiera lo advertimos?

Estoy empezando a entender a Maryam Namazie en su idea de que las religiones promueven la inequidad, la segregación y muchas veces el odio y apoyarlas es apoyar estas ideas. Y sí, todos tenemos derecho a creer en lo que mejor nos conviene, pero esas creencias no deben afectar la forma en que interactuamos con los demás. Es una idea difícil de digerir porque es “políticamente incorrecta”, porque son mayoría los que profesan alguna religión y se sentirán ofendidos con estas palabras, porque es la forma en que hemos vivido en el mundo moderno, fundado en la filosofía judeocristiana en Occidente.

Si todos pusiéramos a un lado nuestras ideas religiosas, no tendríamos que seguir luchando por el reconocimiento de los derechos de las mujeres, ni por la igualdad de todos los humanos, ni por el derecho de una persona a ser quien es o a amar a quien le da la gana. Sí, definitivamente creo que el mundo podría ser un lugar mejor (aunque encontraríamos otra forma para estropearlo, eso seguro).

Bárbara Amaro

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