La semana pasada el gobierno francés anunció que negaría la ciudadanía a un hombre de nacionalidad marroquí por obligar a su esposa a llevar el burka o velo islámico.

La novedad de la noticia no radica en que se discuta sobre el velo islámico en Francia, sino en que por primera vez hay una consecuencia directa por su uso.

En Francia se prohíbe desde hace varios años que las mujeres lleven la cabeza cubierta en las escuelas públicas y actualmente se discute el ampliar esta prohibición a otros lugares públicos como edificios de gobierno. Incluso, ya en el verano pasado hubo una discusión cuando a una mujer se le prohibió usar en una alberca pública su burkini, que es un traje de baño cubierto.

Francia no es tampoco el primer país en prohibir el uso del velo islámico por considerarlo que atenta contra los derechos de las mujeres. En España un juez negó ejercer en su juzgado a una abogada que llevaba su cabeza cubierta con un pañuelo, aunque su indumentaria general no era contraria a ninguna norma española sobre la vestimenta del abogado.

La diferencia entre Francia y España, sin embargo, fue que en este último país la abogada se inconformó y el sancionado fue el juez por negar los derechos civiles a esta mujer por causa de su religión.

En Francia las cosas están funcionando de manera diferente. El actual presidente parece haber tomado como cruzada personal la eliminación del burka y si no puede lograrlo en el mundo, al menos sí en su país donde hay una alta inmigración musulmana.

No se trata de decidir si la política en Francia respecto de esta indumentaria es correcta o no. Se trata de reflexionar sobre los derechos de la persona y sus alcances y limitaciones.

No podemos negar que estamos dejando en manos del estado una mayor cantidad de decisiones y responsabilidades y si bien eso nos quita de algunos problemas por otro lado deja al arbitrio del estado decidir sobre el alcance de nuestros derechos. Así que si ese estado decide que atenta contra la dignidad de las mujeres llevar la cabeza cubierta o una cruz al cuello o la cabeza rapada, quizá se protejan los derechos de algunas mujeres que son obligadas a demostrar así su fe, pero por otro lado se están violando numerosas libertades de otras mujeres que han decidido libremente expresar de determinada manera su fe. Y en este caso, como siempre que las cosas se llevan al extremo, por querer proteger demasiado se termina desprotegiendo.

Con estas políticas que quieren ser muy liberales, ¿en donde dejamos los derechos de las mujeres que han decidido portar con orgullo su velo islámico y demostrar así su fe? Ya lo dice el refrán popular, ni tanto que queme al santo, ni tanto que no lo alumbre.