Destrucción de manglar en Tajamar, Cancún

 

(Esta opinión no tiene contenido jurídico, pero sí de justicia)

Empecé, como cada mañana, revisando las noticias. Como cada mañana, el estómago se me empezó a encoger a medida que leía. No ayudó que fuera el 75 aniversario de la detonación de la bomba en Hiroshima, un crimen contra la humanidad del que nadie ha respondido (si se están procesando a vigías de prisiones nazis, ¿porqué no se procesaron a los tripulantes del Enola Gay?)

A las muchas reflexiones sobre lo solos que se quedaron los habitantes de Hiroshima y de Nagasaki tras las detonaciones (y la responsabilidad de los Estados Unidos), se agregó la noticia de la terrible explosión en El Líbano (de semejante magnitud a las bombas atómicas por el radio de destrucción, aunque no comparable en el nivel de daño porque no hay radiación). En fin, en El Líbano acusaciones de mala administración, negligencia, corrupción… nada nuevo en el mundo en el que la ambición es quien dirige.

Luego llegué a las inundaciones en Bombay, India, una ciudad que ha pasado de registrar altísimas temperaturas en el verano a un día de lluvia con consecuencias devastadoras. Y de ahí siguen noticias sobre las altas temperaturas registradas en el Ártico, las lluvias severas en México, la Tormenta Tropical Isaías, los incendios en California.

Y a todo estos agrego el conteo diario de enfermos y muertos por COVID-19, escuchar los argumentos de los “no creyentes” (como si los hechos científicos estuvieran sujetos a un acto de fe), la politiquería mundial en torno de la enfermedad, etc.

Cuando llegué al encabezado de un artículo publicado en The Guardian sobre un estudio que indica que entre mayor destrucción hagamos del medio ambiente mayor número de enfermedades y más letales pasarán de animales a humanos, no tuve una crisis emocional, sino una epifanía, un insight en el que las ideas se hicieron muy claras: No somos inocentes víctimas de las circunstancias, todos llevamos una parte de responsabilidad en lo que está sucediendo, pero tampoco somos impotentes espectadores de lo que los demás hacen, las soluciones están a nuestro alcance, en nuestras propias manos. Y es momento de actuar.

La crisis climática es un gravísimo problema que está dando origen a otros, como la aparición del COVID-19 (y antes del ébola, SARS, HIV) y de cada vez más frecuentes inundaciones y olas de calor y frío que matan a muchas personas vulnerables en el mundo. Esto trae graves consecuencias humanitarias, un concepto que, sin embargo, parece no resonar con muchos hasta que se habla de lo que es más importante para la mayoría: el dinero. ¿Pensamos que la recesión económica por el COVID-19 es catastrófica? Los analistas de riesgos saben que una mayor catástrofe económica se posa sobre el mundo si somos incapaces de detener el aumento de la temperatura en 1,5 grados.

Tenemos una fecha límite para tratar de detener ese aumento; cada vez más cercana y más estrecha, pero todavía hay posibilidad. Depende de cada uno y de las muchas acciones que en la vida diaria podemos hacer y las elecciones que podemos tomar, empezando por dejar de creer que somos lo que tenemos. Y de ahí, empezar con cambios en el estilo de vida: comer carne una sola vez a la semana (de preferencia al mes), compostar residuos orgánicos, tratar de reducir residuos (en esta época de confinamiento es difícil, lo sé, pero se puede), dejar de utilizar el auto para ir incluso a lugares cercanos y mejor caminar o usar la bicicleta, apagar las luces que no se ocupen, preferir ropa de materiales orgánicos a sintéticos (recordemos el tema de los microplásticos), viajar menos en avión, etc. Y además, podemos unirnos a organizaciones que están impulsando local, nacional e internacionalmente varias causas en la materia como acciones legales en contra de la deforestación, la reducción de plásticos, la limpieza de océanos, el fomento a las energías limpias, la protección de la Selva Lacandona, del Bosque de Niebla en Coatepec o de los humedales en Xochimilco. En fin, que hay de donde elegir. Lo importante es empezar a actuar para prevenir futuros daños que, de concretarse, los vamos a experimentar directamente (inundaciones, incendios forestales, escasez de agua, inseguridad alimentaria, nuevas enfermedades contagiosas y letales). Unos cuantos no pueden lograr el cambio, pero si más nos unimos para la protección de este mundo, vamos a poder hacerlo. Los sobrevivientes de Hiroshima y Nagasaki son muestra de la resiliencia humana y de lo que podemos lograr cuando nos unimos en un objetivo común y qué mejor objetivo que proteger nuestras propias vidas y la vida humana sobre el planeta Tierra.

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