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Manos con popotes

 

Estamos empezando julio, mes que ha sido designado desde 2011 como uno libre de plásticos, centrando nuestra atención en el grave problema de la contaminación por plásticos que ha llegado a invadirlo todo, incluyendo los alimentos que ingerimos.

Ya sé. El tema de la contaminación ambiental es uno difícil de digerir (y comiendo plástico aparentemente hasta en las verduras todavía más). Nos enfrentamos a cifras que son tan alarmantes que dejan de significar algo más que números y algunos han preferido cerrar los ojos a la situación y enfocarse en otras cosas: la política, la nueva temporada de Dark, los planes cuando pueda salir del confinamiento.

La actual situación de enfermedad no ha ayudado tampoco a que el tema de la contaminación y del cambio climático siga siendo visible, ocupados como estamos en lo inmediato, quitando importancia a este tema que es tanto o más apremiante. Es como si nos podemos ocupar de una sola cosa y esa cosa es la salud y la vida. Pero la salud y la vida también pasan por el aumento de la temperatura, los cambios en los ecosistemas, la seguridad alimentaria, la capacidad de respirar aire limpio. Debemos saber y aceptar que desde hace años la crisis del clima ha cobrado millones de vidas humanas. Ni hablar de las vidas de animales.

Aunque el plástico ha contribuido enormemente en el desarrollo de la humanidad con artículos de los que no podemos prescindir como incubadoras, dispositivos médicos, cascos de seguridad, equipo para agua potable, etc., también es cierto que ha generado una cultura de usar y tirar de tal forma que hoy en día el 40 por ciento de los plásticos son de un solo uso. Muchos de estos plásticos, como bolsas y envases de alimentos o los temibles popotes, tienen una vida útil de unos minutos aunque tardan en degradarse más de cien años. Si estos plásticos tienen aditivos para hacerlos más flexibles o durables, aumentemos ese plazo a ¡400 años!

Según National Geographic, la mitad de todos los plásticos que han sido manufacturados han sido fabricados en los últimos 15 años. Esto significa que la producción se incrementado exponencialmente de 2.3 millones de toneladas en 1950 a 448 millones de toneladas en 2015.

La contaminación por plásticos es muy seria y muy real, tanto que apuesto a que en algún momento todos nos hemos quedado sin palabras al ver imágenes de animales luchando por respirar cuando se quedan atrapados en bolsas o en potes de plástico. Y sin embargo, hay quienes siguen siendo renuentes a cambiar sus hábitos de consumo y, por los menos, hacerse responsables de llevar bolsas reutilizables cuando hacen la compra de comestibles.

No ayuda la información que se ha generado por la industria de los plásticos que concluye que las bolsas de un solo uso no son un verdadero impacto en la emisión de carbono si se considera la producción, uso y desecho de bolsas de papel, de plástico reusable y de bolsas reutilizables de algodón. Lo que omiten decir es el impacto que tiene la producción de plásticos en sustancias tóxicas que son potencialmente cancerígenas, la toxicidad de las emisiones cuando son quemados y la afectación que tienen en la vida marina lo que nos lleva de regreso a la imagen de la tortuga marina con el hocico atrapado en el plástico usado para que te sea más fácil comprar un six de cervezas.

Para hacer frente a este problema, son varios los países, que pese al intenso cabildeo de la industria de los plásticos, se han decidido a prohibir las bolsas de un solo uso, los popotes y los platos y vasos desechables. Estos esfuerzos han sido implementados por varios países, como las Seychelles, 115 islas ubicadas en el Océano Índico, que desde 2016 prohibieron la importación de envases desechables de espuma de poliestireno y de otros artículos de plástico como bolsas, platos, vasos y cubiertos desechables y popotes; Kenia que en 2017 prohibió las bolsas de plástico de un solo uso; o Costa Rica que en 2019 prohibió la importación, venta y distribución de recipientes y envases de poliestireno expandido conocido en México como unicel y en Costa Rica como estereofón. Varios estados en México se ha unido a la prohibición de la bolsas de plástico de un solo uso, en decisiones legislativas que han sido recurridas por tiendas como Walmart.

Estamos de acuerdo en que las prohibiciones a las bolsas de plástico de un solo uso no son perfectas ni son la única solución, pero las cifras no niegan que funcionan. En California, a partir de la prohibición se redujo el consumo de las bolsas en un 71.5 por ciento, reduciendo con ello la cantidad de basura.

Muchas de estas legislaciones, sin embargo, quedaron en suspenso con la llegada de la pandemia de COVID-19. Y en estos meses de confinamiento la contaminación por plásticos ha aumentado, aunque las noticias insistan en decirnos que han mejorado las condiciones del medio ambiente y ya se vean delfines en los canales de Venecia, las líneas costeras están llenas ya de cubrebocas de un solo uso y mucha gente, por temor de contagiarse del virus por los objetos, prefiere usar bolsas de plástico que las de reúso, pese a que la evidencia científica señala que el virus “no se transmite fácilmente” por el contacto con superficies u objetos como las bolsas reutilizables.

Pese a que estamos sujetos a decisiones de gobierno, al final la última palabra la tenemos nosotros en nuestro comportamiento y forma de afrontar los retos y situaciones que la vida supone. Somos nosotros, como consumidores, quienes, con prohibición o no de plásticos de un solo uso, decidimos qué queremos, si seguir con una vida cómoda y conformista o trabajar por un futuro más limpio y más sano para quienes vienen detrás. Yo decido por el medio ambiente porque no me gusta el futuro que le espera a mi hijo con escasez de agua, con inseguridad alimentaria y con mayores riesgos de epidemias.

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