Manos estrechadas

 

Cuando inició la actual cuarentena, llegamos al acuerdo en mi casa de que yo sería la responsable de las compras, por esta razón he podido echar un vistazo a mi comunidad de forma presencial y no nada más a través de la computadora como muchos han tenido que mirar al mundo en los últimos meses.

Han pasado ya tres meses desde entonces y las calles de la ciudad en la que vivo no han visto ningún cambio: hombres y mujeres que van y vienen a toda hora, tiendas de ropa, zapatos y chacharitas abiertas, personas de la tercera edad en las compras y niños caminando de las manos de sus madres por las muy estrechas banquetas de este pueblo mágico. Pese a que el ayuntamiento decidió imponer la obligación de usar cubrebocas, calculo que solo dos de cada diez personas lo usan.

¿Por qué nos ha costado tanto trabajo cumplir con las medidas de confinamiento? ¿Por qué nos negamos a quedarnos en la casa cuando podemos (los que podemos) y a usar cubrebocas cuando salimos? ¿Por qué seguimos organizando fiestas y comilonas con los amigos como si nada estuviera pasando?

Ayer escuché en un podcast que ni el hecho de que la gente esté muriendo parece generar una empatía suficiente. En este programa, de los Estados Unidos, se quejaban de la falta de empatía del gobierno, pero hago presente esta reflexión sobre la falta de empatía entre nosotros, mexicanos, que ni el temor de contagiar ni de contagiarnos nos ha llevado a guardarnos.

México es el segundo país de Latinoamérica con más muertes, el séptimo en el mundo, y con una tasa de contagios más elevada que la encontrada en Nueva York o el norte de Italia en los peores momentos de la crisis, pero a diferencia de otros países como Costa Rica, Argentina o Chile, las medidas de confinamiento no son ni estrictas ni obligatorias y quizá eso nos ha ayudado a no estar tan ansiosos de cara a la epidemia, pero a ser muy descuidados.

Las historias terroríficas sobre la enfermedad tampoco parecen causar mella, quizá porque no se han contado lo suficiente. Esta semana leí en el New York Times el testimonio de dos sobrevivientes de una familia que en cuestión de semanas perdió a cinco de sus miembros por el COVID-19 (¿o será la COVID-19?). Estos dos hermanos que sobrevivieron estuvieron más de 40 días en el hospital, muchos de esos días inconscientes, y sus recuperaciones han sido muy lentas porque la enfermedad genera debilidad muscular que dificulta mucho el movimiento más simple como abrir o cerrar las manos. María, la hermana de esta historia, incluso sufrió graves alucinaciones y salió del estado de inconsciencia con el terrorífico pensamiento de que su hija de 10 años estaba muerta. ¿Imaginas despertar de una largo sueño con una convicción semejante y no saber qué es real y qué no? Francamente debe ser espeluznante.

Llevada al extremo, esta falta de empatía ha hecho invisibles a nuestros ojos las historias del personal de salud que cuidando de nosotros han dado la vida. Y para colmo, no ha faltado quienes los agredan por un miedo irracional y estúpido.

Por ser una enfermedad nueva, poco a poco vamos sabiendo de más y más síntomas y efectos secundarios y de largos y dolorosos periodos de recuperación. Así, leemos sobre niños que estuvieron infectados con el virus de COVID-19 y que presentan el síndrome multisistémico inflamatorio pediátrico que es una enfermedad grave en que se inflaman algunas partes del cuerpo, como el corazón, los vasos sanguíneos, los riñones, el sistema digestivo, el cerebro, la piel o los ojos. O sobre las alucinaciones y delirios que parecen afectar a una de cuatro personas hospitalizadas por la enfermedad. O la afectación posterior en las vías respiratorias que nadie sabe, de momento cuánto tiempo puede durar.

Y aun así, con toda esta información, con todas estas historias que se van acumulando día tras día, seguimos sin “creérnosla”.

¿Necesitamos un estado policía que nos obligue a cuidarnos y a cuidar de los demás? ¿Qué se impongan normas estrictas como en Dubái en donde llegaron al punto de obligar a los personas obtener permiso previo de las autoridades cuando salían a la compra? Probablemente no somos ni tan adultos ni tan responsables ni tan solidarios como queremos creer como para hacernos cargo solos del asunto y antes de que alguien salga con la burlona frase del “pueblo bueno” tengo que decir que no, que no se trata de clases sociales ni de nivel cultural porque conocemos o sabemos de personas con maestrías y doctorados y casas de descanso en Cuernavaca (u otras ciudades) que siguen saliendo y organizando reuniones y planeando el viaje para las vacaciones de verano.

Si hemos sido incapaces de cumplir con las mínimas medidas de seguridad y ponernos de acuerdo para tratar de reducir la tasa de contagios en un asunto que nos impacta directamente a todos, ¿cómo le vamos a hacer de cara a lo que sigue? ¿Cómo vamos a ponernos de acuerdo para los cambios de vida que esta nueva realidad nos exige y que implica dejar rutinas y comodidad?

Seguimos varados en enfrentamientos políticos cuando tendríamos que estar conversando sobre lo que es verdaderamente importante, las medidas a tomar para tratar de seguir la vida en un escenario incierto en el que el sueño de “cuando esto acabe” no se vislumbra cercano.

Y si no podemos hacer esto cuando la enfermedad nos está recordando implacablemente de la fragilidad de la vida, ¿qué esperanzas tenemos para abordar otros temas sumamente importantes como la crisis climática?

Parece ser que nos sigue siendo más cómodo cerrar ojos y oídos a la realidad e ir tirando cada uno como pueda. Total, ya Dios dirá….

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