Hombre enojado

 

El enemigo que nos está destrozando no es el coronavirus... ni el gobierno, ni MORENA, ni el PRI ni el PAN, ni el capitalismo ni el socialismo, ni el ateo; el enemigo somos nosotros que poco a poco y desde hace mucho nos hemos estado destruyendo implacablemente unos a otros.

Los que vivimos el terremoto de 1986 crecimos creyendo que somos una sociedad solidaria, si bien no todo el tiempo, por lo menos cuando las circunstancias lo requerían. La crisis epidemiológica actual nos está demostrando que eso que creímos es una mentira y la dura realidad a la que asomamos la cabeza cada mañana es que la solidaridad, salvo de quienes están en la línea de enfrente con los enfermos, es casi inexistente. Igual que la compasión.

Es cierto que en todo el mundo se ha estado utilizando la enfermedad del COVID-19 como tema político para atacar a los adversarios, sea el gobierno o la oposición. Ya no se trata de enfermos, muertes, situaciones dramáticas de libros de historia de fosas comunes para enterrar cientos de cadáveres. Se trata de atacar, criticar, despedazar y después de eso, volver a atacar, porque a final de cuentas lo que importa son las opiniones de cada uno y demostrar, a costa de lo que sea, que se tiene la razón.

Y por el odio que generamos en esta lucha por demostrar quien es el único y real portador de "La Verdad", amanecemos con noticias como ataques sin sentido a personal de enfermería, de rectores universitarios amenazando con retirar de los hospitales a sus estudiantes de medicina y enfermería porque bla, bla, bla, con actores denunciando la mala administración de hospitales y generando un cruel debate entre opinadores que se revuelca una y otra vez en demostrar quién tiene la razón. Lo que menos importancia tiene son los enfermos, el personal que los atiende (incluidos los estudiantes) y todos los demás que corren riesgo de contagio.

Con bocas y plumas (y teclados) nos hemos encargado de crear una sociedad dividida, enojada. Una sociedad que pese a la mucha información que circula es ignorante y carece de la información básica porque todo se ha transformado en munición de ataque a la contraparte. Hemos sido y estamos siendo generadores de miedo, de enojo y de mucho odio.

No se trata de no opinar o de no criticar, se trata de hacerlo midiendo las palabras, lo que se dice, cómo se dice, a quien se dice, cuando se dice y el objetivo que se persigue. Cada crítica debería tratar de generar, especialmente hoy en día en medio de esta crisis, un cambio positivo que termine redundando en el bien de todos, no un enardecido enfrentamiento de opiniones que nos lleva a más enojo y a más miedo. La enfermedad es igualadora: la situación actual no es agradable para ninguno y las expectativas económicas y de salud son oscuras, todos lo sabemos, no hace falta que a esto le añadamos más ansiedad con tuits y comentarios.

Tengamos, aunque sea, un poco de solidaridad con los que siguen trabajando por ayudar en este tiempo de crisis sumando esfuerzos y no restando, por ejemplo, donando máscaras protectoras, gel desinfectante o incluso sus alimentos. Y tengamos más compasión por todos los demás y por nosotros mismos porque al final, todos estamos expuestos a la enfermedad y a la muerte y todos sentimos ansiedad y miedo. Si dejamos de combartir y entregar al mundo miedo y enojo, nosotros dejamos también de sentirlo exponencialmente: protegiendo a los demás nos protegemos y protegiéndonos, protegemos a los demás.

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