Control de videojuego

 

Esta semana el videojuego Fornite ha acaparado la atención de los medios de comunicación por la original forma de terminar la temporada, un suceso que muchos expertos califican como una nueva forma de contar historias en los videojuegos. Estas líneas, sin embargo, no se refieren al videojuego en sí (nunca lo he jugado), sino a la demanda que se pretende presentar en su contra por padres preocupados por la adicción de sus hijos al videojuego.

A principios de este mes de octubre se presentó ante el Tribunal Superior de Quebec, Canadá, una petición a nombre de los padres de dos niños para iniciar una demanda colectiva en contra del creador del videojuego Fortnite por no haber advertido que es adictivo. Se trata de papás que no están relacionados entre sí, con hijos de 10 y 15 años.

En la documentación legal los padres argumentan que sus hijos se han hecho adictos al videojuego desde que empezaron a jugarlo en 2017, a los 8 y 13 años, de tal forma que en promedio juegan tres horas diarias que terminan siendo tres horas que no dedican al estudio, al deporte, a los amigos ni a la familia.

Los afligidos padres explican que cuando prohíben a sus hijos jugar, los berrinches son épicos de tal forma que termina siendo un momento amargo para todos en la familia.

La culpa, aseguran, es del creador de Fornite, Epic Games, por no haberles avisado que es altamente adictivo, así como también en Quebec años atrás varios fumadores acusaron a las tabacaleras de no haberles dicho que el tabaco era altamente adictivo. De hecho, la demanda contra Epic Games se fundamenta en los postulados de la que se presentó contra las tabacaleras.

Soy mamá de un joven de casi 20 años a quien también le gustan los videojuegos. Cuando era pequeño, también me desesperaba verlo pegado a una pantalla con un control en las manos, hablando con personas “invisibles” que estaban en línea y aunque siempre me aseguró que eran conocidos en el mundo de carne y hueso, no puedo asegurar que siempre haya sido así. ¡Y el lenguaje! Eso siempre me puso de malas: ¡lo maté! ¡le di! ¡dispárale! Porque sí, a veces jugaba Minecraft, pero su juego favorito era Halo.

Pero tenía límites.

Para empezar, la tele estaba en un área común de la casa así que sí, mientras él jugaba yo no podía ver televisión, pero eso me ayudaba a mantenerlo a raya estableciendo un horario de juego. Además, las clases extraescolares como futbol e inglés no eran opcionales, eran obligatorias, y el sólo tenía permitido jugar viernes, sábado y domingo.

Debo decirlo, mi hijo es excepcional por mérito propio y quizá por ello no me enfrenté a berrinches descomunales cuando acababa la hora de juego que hubieran podido forzarme a alargar el horario o a dejarlo hacer su voluntad con tal de dejar de escucharlo.

Sé que cuando se toma la experiencia personal como punto de vista se pierde toda objetividad, pero esta petición de acción colectiva me dejó pensando si no es reflejo, más bien, de que ya no queremos educar a nuestros hijos y los estamos entregando desde muy pequeños a nanas cibernéticas. He visto bebés que todavía no caminan con una pantalla en la mano porque, es verdad, es más fácil entretenerlo así que estar escuchando mil veces “las ruedas del camión que giran y giran” y hablando con ellos cuando no son capaces de responder. Y a medida que crecen, estas nanas cibernéticas nos permiten hacer nuestras vidas sin la molesta interferencia de los niños que gritan y juegan y exigen atención.

El riesgo es que cuando entregamos a otros la educación de los niños, el resultado puede no gustarnos. Pero el problema es que, en lugar de aceptar responsabilidad, estamos echándole la culpa a otros, a la televisión, al Internet, a Minecraft o a Fortnite.

Las empresas, todas, claro que hacen cosas para enganchar a los consumidores, la mezcla perfecta de grasas y azúcares en la comida que nos venden para que no podamos resistir la tentación o las historias bien contadas que nos enganchan a la tele o a videojuegos. Pretender que actúen con ética en este sentido es ingenuo.

Pero ahí es donde los papás deben aparecer para enseñarle a sus hijos a poner límites, a decir que no, a no creerse todo, a reflexionar sobre su salud y sobre lo que quieren para el futuro. El dinero que puedan ganar de la acción colectiva como compensación, si la petición llegara a prosperar, no va a solucionar el problema que hemos creado por no intervenir a tiempo y dejar claro al hijo que puede gritar, patalear y desgañitarse, pero que hay reglas y que no le queda más que cumplirlas. Finalmente, cuando los hijos son pequeños, la familia no es una democracia.

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