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Categoría: Bárbara Amaro
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El deseo de ser padres de muchas parejas infértiles, hetero y homosexuales, o de personas solteras se ha incrementado de tal manera que lo relativo a la fertilización se ha convertido en una industria millonaria.

Por ejemplo, ya hay turismo reproductivo en donde se venden paquetes vacacionales que incluyen entre una romántica cena de bienvenida y el citytour, la visita a la clínica de fertilidad para realizar el procedimiento. Son paquetes que suelen incluir el costo del semen donado, porque si se requiere también donación de óvulos, la tarifa aumenta.

Al margen de cuestiones éticas y biológicas, surgen preguntas de tipo legal. Por ejemplo, la clínica Cryos de Dinamarca exporta semen a varios países no solo europeos sino también de América Latina. Se precian de pagar bien las donaciones ($20.00 dólares aproximadamente según calidad y volumen) y de tener producción en exceso, gracias en parte a una legislación que protege a los donadores con el anonimato.

En Inglaterra se permitía el anonimato de los donadores, pero la legislación cambió en el 2005 porque se reconoció que los niños tienen el derecho de conocer, o al menos de saber, quién es su padre biológico. Así, la ley establece que los hijos de padres donadores de semen pueden obtener sus datos a los 18 años. La norma aplica a todos los procedimientos realizados en territorio británico con semen nacional o importado. Se trata de una norma con la cual no muchos están de acuerdo porque a partir de su expedición ha descendido el número de donadores masculinos.

Pero ¿qué pasa con el producto de esas donaciones, es decir, los hijos? Habrá quienes sepan que son producto de una donación de semen. A otros quizá se les oculte. Unos quizá puedan conocer a su padre biológico y a otros se les niegue este derecho y tengan que conformarse con adivinarse en el parecido de sus ojos con los de tal o cual persona. ¿No debería ser un derecho humano el que cada uno de nosotros tuviera la posibilidad de elegir conocer sus raíces genéticas?

Es cierto que los hijos que no conocen a sus padres no es una situación derivada de la tecnología de la reproducción asistida puesto que los “donadores” han andando por el mundo desde que Dios creó a Adán. Pero la gran mayoría no deja su muestra en un recipiente de plástico, sino directamente en la madre y se trata de una situación diferente, al menos legalmente, porque cuando se dona el semen a una clínica, no hay obligaciones de paternidad, como proporcionar alimentos, derechos de sucesión, dar apellido y, como el caso danés, no hay obligación siquiera de dar a conocer su cara frente a su prole. Y hay casos de donaciones en donde un solo hombre es el padre biológico de 17 hijos y no tiene siquiera idea de su existencia o de sus nombres, edades, nacionalidades, situación familiar, problemas, nivel de estudios o pasatiempos favoritos.

Este anonimato no obsta, sin embargo, para que los medios hermanos puedan encontrarse ya que existen servicios de Internet que proporcionan enlaces entre los diferentes receptores del semen, y así dos madres, una en Australia y la otra en Finlandia, puedan contactarse al saberse ambas receptoras del donador 300 de Cryos e intercambiar fotografía de sus hijos, y presentarlos en algún momento en el futuro. Y aunque genéticamente los niños sean hermanos, legalmente no lo son.

Existe legislación que trata el asunto como la donación de sangre o de un riñón. Pero ni la sangre ni el riñón tienen inteligencia y voluntad como la tienen los niños que nacen producto de estas donaciones, muchos de los cuales necesitan conocer sus orígenes para construir su presente y proyectar su futuro.

Por ellos, ¿es justo mantener el anonimato de los donadores?

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