Hace casi un año abordamos en esta revista el tema de la legítima defensa o defensa propia y señalábamos los límites que en la misma se presenta, ya que no en todos los casos los tribunales coinciden en la existencia de esta excluyente de responsabilidad.

 

En el Estado de México se presentó un nuevo caso sobre una presunta defensa propia que llamó la atención de los medios impresos. El doctor Román Eduardo Gómez Gaviria del municipio de Ecatepec, se enfrentó a dos sujetos que  ingresaron a su clínica, amenazándolo con un arma de fuego.

 

El médico se enfrentó a estos hombres y aparentemente en el forcejeo los desarmó y les disparó. Los dos hombres salieron del lugar tratando de escapar a bordo en un vehículo pero el que conducía falleció por las lesiones y el otro sujeto intentó continuar su huida, pero el doctor accionó nuevamente el arma dando muerte al otro delincuente. Otra versión indica que los hechos ocurrieron dentro del consultorio, aunque los agresores alcanzaron a salir del lugar y murieron afuera de la clínica.

 

Para muchos este resultaría un claro caso de defensa propia, pero como ya hemos dicho esta excluyente de responsabilidad tiene reglas para su aplicación.

 

La doctrina y los criterios de la Corte establecen como requisitos para la legítima defensa son: a) la existencia de una agresión real, actual, sin derecho. La agresión se entiende cualquier movimiento corporal hecho por el atacante que lesione o hubiere lesionado la integridad personal del agredido; b) un peligro inminente e inevitable derivado de ésta; y c) una defensa proporcional a la agresión, en donde se califica la racionalidad y proporcionalidad de los medios empleados.

 

Los elementos de la legítima defensa están presentes en este caso al existir una agresión que ponía en riesgo la vida del doctor y de quienes se encontraban en el consultorio, y el único medio de defensa que tenía a su alcance era la propia arma.

 

El problema en la legítima defensa es cuando existe un exceso de la misma, es decir, cuando ya no hay necesidad de la acción de defensa pero esta se continúa, es cuando la defensa ya no se justifica y por ende se convierte en un hecho punible. Por ejemplo, si la versión de que el doctor le disparó a uno de los presuntos delincuentes en la calle mientras éste huía se confirma, podría considerarse que esto es un exceso de la legítima defensa, y entraría en operación otro tipo de excluyente como la emoción violenta.

 

Por lo pronto el doctor fue liberado, bajo las reservas de ley, a fin de continuar las investigaciones y estas determinarán si se configura o no la legítima defensa.

 

 

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