El pintor australiano Stephen Compton demandó al Instituto Nacional de Migración por mantenerlo encerrado en una garita durante cuatro meses.

 

Desde hace 6 años Compton llegó a México como turista y se quedó a vivir en Acapulco, en donde su arte empezó a ser conocido, por lo que le contrataron para decorar algunas casas, prolongando su estancia en nuestro país, aunque su visa había expirado.

 

El 19 de noviembre del año pasado, mientras se encontraba en el lobby de un hotel, fue detenido por agentes de migración. Dos días después fue trasladado a la Ciudad de México, con el pretexto de que lo llevarían a la embajada de Australia, terminando en la Estación Migratoria de “Las Agujas”, decretándose el 26 de noviembre de 2009 la deportación y prohibiéndole  regresar al país durante un año, sin otorgarle la oportunidad de regularizar su situación migratoria.

 

La organización Sin Fronteras, que se dedica a defender a migrantes, refugiados y sus familias, asumió su defensa, y logró liberarlo debido a que el Juez Cuarto de Distrito de Amparo en Materia Penal en el Distrito Federal y posteriormente el Séptimo Tribunal Colegiado en Materia Penal del Primer Circuito, le concedieron un amparo, reconociendo que habían existido violaciones en el procedimiento administrativo migratorio seguido en su contra.

 

Ahora Compton exige del estado mexicano una indemnización de dos millones de pesos por los daños económicos y morales que sufrió mientras estuvo retenido.

 

Además, sus representantes solicitan que se "provea de información de calidad a la población migrante sobre sus derechos, se revisen o deroguen las leyes o prácticas que sean contrarias a los derechos humanos de las personas migrantes, así como la adopción de leyes y prácticas que se busquen la efectividad de los mismos”.

 

Al relatar su historia Compton señala que lo mantuvieran separado de los demás migrantes, discriminándolo por ser homosexual. “La situación fue muy difícil, porque no tienes derechos cuando estás ahí. Es como si fueras niño, tienes que pedir permiso como a tus padres para hacer algo, hasta para hablar por teléfono.” También señaló que aunque la comida era regular, siempre estaba fría, y durante diez días no se pudo bañar porque en la estación migratoria no había agua”

 

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