Anciana sonriendo

El pasado 16 de marzo Bloomberg publicó un reportaje en el que se expone que en Japón cada vez más mujeres cometen pequeños hurtos con la finalidad de ingresar a prisión, un lugar en el que obtienen mayor seguridad que estando en sus casas.

Cifras dadas a conocer por el gobierno de Japón indican que una de cada cinco mujeres en prisión es de la tercera edad y que nueve de cada diez de estas ancianas han sido sentenciadas por robo en tiendas.

La causa de lo anterior se atribuye al hecho de que, desde la década de los años 80, el número de ancianos que viven solos se ha incrementado más de seis veces a casi 16 millones. Esta cifra se relaciona con la dada a conocer por el gobierno de Tokio que informa que en 2017 más de la mitad de las mujeres de la tercera edad atrapadas robando viven solas y el 40 por ciento o no tiene familia o rara vez se comunica con ellos.

A lo anterior se conjunta el hecho de que las mujeres de la tercera edad suelen ser económicamente vulnerables, de tal forma que casi la mitad de las mayores de 65 años que viven solas, viven en la pobreza en comparación con el resto de la población. Por estas razones, la s prisiones pueden llegar a ser sitios más seguros para este sector de la población, donde encuentran cuidados y atención médica que en sus casas no reciben.

Lo anterior ha incrementado para el gobierno el costo de los servicios médicos en las penitenciarías, lo que también ha implicado la contratación de personal especializado para atender a estas internas. Las guardias de seguridad, además, han tenido que empezar a prestar labores de ayuda a las ancianas para ir al baño o bañarse, lo que ha generado una mayor rotación de personal.

Frente a esta situación, en 2016 la Dieta de Japón, poder legislativo, aprobó una ley con el objetivo de asegurar que las personas de la tercera edad reincidentes recibieran ayuda de los servicios de bienestar social. Desde entonces, las fiscalías y las prisiones han empezado a trabajar cercanamente con agencias de gobierno para proporcionar la asistencia que estas internas necesitan.

Lo anterior, sin embargo, no ha cambiado la situación para muchas de estas mujeres.

En Bloomberg se pueden leer varios testimonios, entre ellos el de una mujer de 80 años que la última vez robó un sartén y hueva de bacalao y que, al ser reincidente por cuarta vez, fue sentenciada a dos años y medio de prisión. Ella tiene esposo, un hijo y una hija.

“Cuando era joven no pensaba en robar. Todo lo que pensaba era en trabajar fuerte. Trabajé en una fábrica de plástico durante 20 años y luego como cuidadora en un hospital. El dinero siempre era justo, pero aún así nos las arreglamos para enviar a nuestro hijo a la universidad.

“Hace seis años mi esposo tuvo un ataque y desde entonces está en la cama. Además, tiene demencia y sufre de alucinaciones y paranoia. Era mucho cuidar de él física y emocionalmente debido a mi avanzada edad. Pero no podía hablar de mi estrés con nadie porque estaba avergonzada.

“Me encarcelaron por primera vez cuando tenía 70. Cuando robé en la tienda tenía dinero en mi bolsa. Entonces pensé sobre mi vida. No quería ir a casa y no tenía otro lugar a dónde ir. Pedir ayuda en la prisión era la única forma.

“Mi vida es mucho más sencilla en la prisión. Puedo ser yo misma y respirar, temporalmente, sin embargo. Mi hijo me dice que estoy enferma y que debería ser hospitalizada en una institución mental. Pero no creo que esté enferma. Creo que mi ansiedad me llevó a robar”.

Frente a esta situación en que las mujeres piensan que la vida dentro de las prisiones es mejor que afuera, el gobierno de Japón tendrá que encontrar otras medidas para proporcionarles lo que no han podido encontrar en sus casas o en la calle.

Más información bloomberg.com

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