Princesas Mette Marit, Ingrid Alexandra y príncipe Hakkon

 

El pasado fin de semana se efectuó la ceremonia de confirmación de la princesa noruega Ingrid Alexandra, segunda en línea en sucesión al trono del país nórdico. Se trata de una ceremonia tradicional que en Noruega marca el paso hacia la adultez y que no necesariamente debe ser religiosa, salvo que se trate de la familia real para quienes se trata de una obligación constitucional.

Según información obtenida, desde 1736 hasta 1912 la confirmación a la fe de la iglesia luterana de Noruega era obligatoria para todos los noruegos a partir de los 15 años y sin ella la oportunidad de seguir estudiando, conseguir un trabajo, contraer matrimonio y desarrollar otras actividades sociales era imposible. Incluso, si a los 19 años la persona no estaba confirmada podía ser sentenciada a prisión o incluso humillada públicamente.

A partir de 1845 se permitieron otras religiones en el país nórdico, aunque no fue sino hasta 1912 cuando la confirmación a la iglesia luterana noruega, aún identificada con el estado, dejó de ser obligatoria. Un siglo después, en 2012, la Constitución noruega fue reformada y por primera vez el rey (o reina) del país dejó de ser la cabeza de la iglesia. En 2016 se aprobó una nueva reforma legal y a partir de 2017 se estableció la iglesia de Noruega como una entidad independiente del estado, aunque sigue recibiendo financiamiento estatal.

Respecto de la confirmación, al tratarse de un ritual del paso de la infancia a la adultez, a partir de 1951 organizaciones humanistas proporcionaron la opción de confirmaciones civiles no adheridas a ninguna religión y se trata de ceremonias de graduación de cursos en lo que se estudian a prominentes filósofos e intelectuales. Se trata de una opción que ha ido ganando popularidad con el paso de los años mientras que las ceremonias de confirmación religiosas van siendo menos frecuentes. Así la oficina de estadísticas de Noruega publicó cifras según las cuales en 2018 sólo el 56 por ciento de los noruegos de 15 años se confirmaron en la iglesia. Se trata del porcentaje más bajo de confirmaciones religiosas registrado desde el 2001 cuando lo hizo el 68 por ciento de los adolescentes.

Para Ingrid Alexandra, hija del príncipe heredero Haakon y de la princesa Mette-Marit, no hubo opción. Al ser segunda en sucesión al trono, constitucionalmente debe estar adherida a la iglesia de Noruega ya que, aunque el monarca ya no es la cabeza de la iglesia, la Constitución aun establece que: “El rey debe ser fiel a la religión luterana evangélica”. Se infiere que la norma también aplica a las reinas.

Debido a esta disposición, tiempo atrás el rey Harlad V, abuelo de Ingrid Alexandra anunció que si su nieta deseaba cambiar de religión, la Constitución debía ser reformada. En este caso una decisión personal deja de serlo y se convierte en un asunto de estado.

El tema de la confirmación de la princesa fue ocasión de debate. Así, el líder parlamentario del Partido Demócrata Cristiano, Hans Fredrik Grøvan, opinó que, si bien es cierto que ella no tenía opción, “mientras tengamos monarquía pienso que debe ser así debido a los vínculos que la Constitución tiene con la herencia cultural cristiana”.

Para el político, las confirmaciones en la fe cristiana son parte de “una larga tradición” y la vida de Ingrid Alexandra “está estructurada de otra forma a la de cualquier otro joven porque ella nació en la familia real”.

Por su parte, Kjetil B Alstadheim, editora política del periódico Dagens Næringsliv (DN), opina que esta situación implica mucha presión para la joven. “Si ella eligiera no confirmarse no sería una rebelión juvenil en contra de su familia”, declaró la periodista a medios locales, “sería una rebelión en contra de la Constitución noruega”.

Si bien otros padres pueden convencer a sus hijos de ser confirmados con la promesa de regalos y fiesta, la joven princesa no tuvo palabra en el asunto. La ceremonia se efectuó el sábado 31 de agosto en la capilla del palacio Slottskapellet en Oslo y para la ocasión Ingrid Alexandra recibió de manos de sus abuelos su bunad, traje típico bordado a mano, como la tradición lo indica en las confirmaciones de los adolescentes de 15 años.

(Una historia real de sumisión y falta de libertad que contar a todas las niñas que sueñan con ser princesas.)

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