Dicen que los niños de ahora están revolucionados y creciendo más de prisa de lo que crecimos nosotros. Y parecería ser del todo cierto cuando se lee en la prensa que un niño de cinco años ganó una demanda por difamación.
Los hechos que originaron esta demanda sucedieron en el 2009 cuando en un supermercado en Dublín, Irlanda, una empleada acusó falsamente al menor de haber robado una bolsa de papas, mientras lo sujetaba fuertemente del brazo.
El niño, quien estaba acompañado de su madre, resultó inocente del supuesto robo, pero no se conformó con un “usted disculpe” y unas palmaditas sobre el hombro, sino que decidió llevar el caso a la corte y demandar a la tienda por difamación argumentando que con los hechos se había dañado su reputación lo que le ocasionó angustia y molestia. Claro, la decisión de demandar no fue enteramente suya ya que detrás de él estuvo su representante legal, es decir, su madre.
La tienda de autoservicio decidió negociar y accedió en pagar al niño 7,500 euros como compensación, más los gastos legales en que había incurrido.
Hace treinta años el niño se hubiera tenido que quedar con la disculpa ofrecida principalmente para callar los gritos de una madre frenética, porque, asumámoslo, una acusación falsa a esa edad no daña la reputación del niño, sino que ofende a la autoestima de la madre.