Domingo  24 de septiembre  de 2017  8:30 am
Taza de café y periódico

Me acabo de mudar a una hermosa y pequeña ciudad en donde hay un problema con el ambulantaje. Afuera del mercado, varias personas exhiben variedad de frutas y verduras muy frescas, apetitosas y baratas; adentro, los comerciantes que pagan luz, renta e impuestos se quejan de que pierden clientela por la competencia desleal. Y tienen razón.

Pero, los comerciantes del mercado tampoco son del todo “derechos”: ningún puesto tiene a la vista los precios, salvo quizá de uno u otro producto por lo que como consumidor queda un poco la sensación de que cobran según te vean y como no me veo muy avispada, creo que me han cobrado caro, a veces muy caro.

Como consumidor, saber a quién comprarle es un problema de ética que, confieso, no he logrado resolver, pero que me llevó a una discusión muy interesante con mi esposo de la que concluimos que México es un reflejo de esta situación donde nadie quiere jugar todo el tiempo bajo las reglas.

Todos decimos querer lo mismo: un país ordenado, de leyes, justo y equitativo, es decir, un Estado de Derecho, con reglas claras, que se apliquen siempre y cuyo fin sea restablecer un equilibrio roto. Pero secretamente queremos que esas reglas de juego sean para los demás, no para nosotros.

Y así, criticamos a los que se pasan el semáforo en rojo, pero si llevamos prisa no respetamos los límites de velocidad; queremos no tener miedo del crimen organizado, pero cada vez hay más personas que consumen drogas ilegales incentivando un negocio que nos tiene bajo el zapato; queremos que se reduzcan los niveles de carbono, pero usamos el coche para ir a la esquina, seguimos usando bolsas de plástico y no concebimos dejar de tomar agua embotellada; pedimos que se acabe la corrupción, pero evadimos impuestos, no pagamos el seguro social de los empleados, nos “colgamos” de la luz y cobramos de más al turista. En fin, que tampoco respetamos mucho las reglas que exigimos que los demás mexicanos cumplan.

Y cuando alguien se decide a querer cumplir las reglas lo calificamos de extraño y, la mayoría de las veces, hasta de estúpido.

Bajo esta manera desordenada de jugar el juego de la vida que nos ha tocado como mexicanos, difícilmente vamos a lograr nuestras aspiraciones de justicia, paz y equilibrio. Así que empecemos por ponernos en orden antes de clamar al vecino que lo haga.

B.

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