Lunes  24 de abril  de 2017  7:21 am
Birrete rojo con el número 2016

Esta semana se conmemoró el Día Internacional de la Mujer, reconociéndose tanto las victorias que se han obtenido como el largo camino que queda por andar para lograr la equidad de género. Paralelamente en el senado, una mujer legisladora presentó una iniciativa que tiene el objetivo de discriminar, de separar, de zanjar diferencias y que, aunque no se orienta a las mujeres, terminaría perjudicándolas más a ellas que a ellos. Me refiero a la iniciativa de establecer como requisito para ser legislador el contar con un título universitario.

Sobre esta iniciativa mucho se puede decir, empezando en que parte del desconocimiento de lo que es (o debería ser) el Congreso de la Unión: la representación de TODOS los sectores en México y no nada más de aquellos que tienen la posibilidad (y a veces la gana) de cursar estudios universitarios. Y de esta ignorancia parten también todas las políticas equivocadas que, desde un escritorio en Paseo de la Reforma, se escriben para regular al México rural, al México marginado. Por esta falta de conocimiento de la complejidad de los que es nuestro país, no hemos podido superar muchos problemas como el analfabetismo, la pobreza, el hambre, la marginación.

No todos los mexicanos tienen la oportunidad de ir a la escuela. Conocemos historias de niñas y niños que tienen que caminar varios kilómetros para llegar a un aula y procurar, a veces hasta con la panza vacía, aprender algo, posiblemente solo a leer y a escribir. Muchos de los que logran terminar la primaria, no pueden seguir la secundaria porque la más cercana queda mucho más retirada y es más importante para las familias que sus manos trabajen el campo para tener alimento en la mesa, que el saber en qué punto chocarán dos trenes que partieron de dos puntos encontrados y recorren el camino a diferentes velocidades.

Y así, el colador se va estrechando de tal forma que a la universidad no suelen llegar los jóvenes del campo o de zonas rurales.

Hemos llegado al tema de la universidad, pero en este colador tenemos que empezar por quienes ni siquiera pueden aprender a leer o a escribir y, a veces, tampoco aprenden a hablar el español. Ellos también son mexicanos y también tienen derecho a tener representación en el Congreso y a tener una voz que haga saber de sus necesidades, porque si no la tienen, simplemente dejan de existir para los políticos y funcionarios de Paseo de la Reforma.

Agreguemos a estas razones, las razones culturales según las cuales si hay la oportunidad de que algún hijo vaya a la escuela se da preferencia a los hombres sobre las mujeres. Razones equivocadas, pero que no podemos negar que siguen dirigiendo las decisiones de muchas familias. No, no solo se trata de familias rurales, “sin educación”, sino también de muchas familias de las ciudades. Es el caso de Marta, una amiga, a quien le dieron la opción a los 16 años de ser enfermera o maestra porque correspondía a su hermano seguir la preparatoria y estudiar una carrera. Eligió enfermera, sin saber muy bien qué haría, porque definitivamente no le agradaba la idea de ser maestra.

Si de por sí en el Congreso hay muy poca representación femenina y por ello se han tenido que establecer cuotas de género, si cerramos más la pinza y exigimos que, además, cuenten con título universitario, mujeres capaces, con liderazgo, con iniciativa, con ganas, pero sin título, quedarían sin la oportunidad de ocupar una curul solo porque la pobreza o el ser mujeres les impidió ir a la universidad, no la falta de ganas ni de capacidad.

Una mala iniciativa. Una iniciativa que discrimina y no por razones de capacidad intelectual, como se pretende hacer pasar. Una iniciativa que, además, nos dividiría entre ciudadanos de primera, con todos los derechos políticos, y ciudadanos de segunda, con derecho a voto, pero no a ser votados.

Habiendo ya tanta división, tanta intolerancia, tanta discriminación, ¿para qué crear más? Un México fuerte es un país unido, no uno gobernado por licenciados que si no tienen ni idea de cómo es la vida de quienes usan el transporte colectivo de sus ciudades, menos de la vida en el campo y en las zonas rurales de nuestro gran país. Por eso es importante la voz de todos.

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