Martes  30 de mayo  de 2017  5:20 am
Taza de café y periódico

No es ningún misterio ni un gran secreto que vivimos rodeados de mentiras. No sé si sea algo inédito de nuestra civilización, pero se me antoja que no, que la deshonestidad es inherente a la raza humana y que en tiempos de Séneca era lo mismo. La novedad es que para nosotros es muy fácil hacer llegar nuestras palabras a muchas personas, millones inclusive, sólo presionando unas cuantas teclas del teléfono.

Como lo veo, el problema no son las mentiras ni que, como decía el Dr. House, todo mundo mienta, sino que sea tan sencillo hacer correr un rumor sin verificar los hechos y que a muy pocas personas les importe si lo que se dice es verdad o mentira y, a veces, incluso prefieran quedarse con la mentira, aunque sepan que se trata de una gran y horrorosa mentira.

“El peligro real al que nos estamos enfrentando es que hemos perdido el respeto por la verdad y los hechos. Las personas han descubierto que es mucho más fácil destruir reputaciones de credibilidad que mantenerlas. No importa qué tan buenos sean tus hechos, alguien más puede difundir el rumor de que eres una noticia falsa. Estamos entrando en un período de oscuridad epistemológica e incertidumbre que no habíamos experimentado desde la era medieval”.

Estas son declaraciones del filósofo estadounidense Daniel Dennet, como parte de una entrevista que concedió a The Guardian en días pasados. Sus palabras han acomodado los pensamientos que me han rondado sobre las mentiras, los rumores, los hechos, las falsedades, la manipulación y la pereza a pensar.

No es difícil encontrar ejemplos. En México, (y sé que no es un fenómeno exclusivamente mexicano) políticos, funcionarios, intelectuales y, lamentablemente, también periodistas, suelen echar a correr rumores sabiendo que entre más escandaloso sea, mejor les va en el rating de popularidad. Si alguien contradice ese rumor, no hay problema, se echa mano de la incredulidad y se cuestionan los hechos poniendo de frente “hechos alternativos” (gracias por la frase Kellyanne Conway) que una gran mayoría está dispuesta a creer porque está llena de enojo y ese enojo ofusca la razón. Y así, unos y otros, nos manipulan todo el tiempo, eso sí, haciéndonos sentir que pensamos libremente.

Quizá es más evidente si vemos este fenómeno desde afuera, como testigos de lo que está sucediendo en los Estados Unidos y las mentiras que su presidente (y staff) dice o tuitea casi diariamente, tergiversando hechos y cifras y acomodándolos como mejor le conviene. Sabemos que miente, pero a muchísimos de los estadounidenses, esos que le dieron el voto, parece no importarles porque están ocupados con la vida diaria como para complicarse reflexionando sobre lo que este hombre les dice.

Ha dejado de importar que se mienta; ha dejado de ser un valor la honestidad. Lo importante es cuántos creen la mentira y en la medida en que sean más los que prefieran ir navegando por la vida, sin querer saber mejor y entender más, en esa medida nuestras sociedades se van haciendo más débiles, más frágiles, más propensas a ser gobernadas por una tiranía. Así las cosas, la distopía presentada por George Orwell en 1984, resulta aún más aterradora.

Es preocupante, muy preocupante.

B.

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